Bernardo Fernández, BEF, no toma café y pide una Pony Malta. Saca cinco libros y los deja sobre la mesa: tres ejemplares de La calavera de cristal, novela gráfica que ilustró a partir de un guión de Juan Villoro, y dos de Espiral, su “cómic recursivo”. Aprovecho que uno de estos no tiene plástico y lo ojeo. “Pensé que era una autoedición”, le confieso. Hasta el momento sólo lo había visto por fuera y aparte de su nombre, el título del libro y las encomilladas celebraciones de la contraportada no hay más datos externos. “No, es de Alfaguara, sólo que el tonto del diseñador no pudo poner el logo aquí atrás. Yo quería que se supiera que era de Alfaguara, claro”. Pero antes de eso agrega (mi sic): “A esta edad uno ya no puede autoeditarse. Hace años era punk y sacaba mis fanzines”.
Nosotros traemos nuestros ejemplares de Espiral. Guarda los suyos mientras nos pregunta dónde y cómo los conseguimos, y a medida que le describimos la vuelta, incluyendo el temor de que no llegaran antes de que él se fuera del país, y que todavía estamos esperando unas copias de Gel azul, y que no fue posible encontrar Hielo negro a un precio decente, medio agranda sus ojos pequeñitos. “Pues me hubieran dicho y yo los traía”, trata de resolver, pero ni modos; para esas analepsis, la (ciencia) ficción.
Firma los libros con un Sharpie negro y la cabeza un poco ladeada, como si viera con un solo ojo o estuviera copiando de algún lugar el dibujo con que acompaña cada autógrafo. Hace robots y una especie de mostro ojón de boca pequeña. Un BEM dibujado por BEF. Le encargamos un robot para la dedicatoria del libro que nos vamos a quedar y le hablamos de nuestra colección en la librería. Él nos cuenta que también los colecciona y que tiene muchos (“más de 70 robots de juguete”, condenada biografiita). Los que han visto los nuestros pueden reírse. Pero entonces se niega a dedicarnos uno de nuestros cuatro libros y en cambio vuelve a sacar uno de los suyos: “Por lo menos déjenme regalárselo”, dice. “¿Cuánto te tomó terminar Espiral?”, le pregunta Sonia Naranjo, que está tomándose un tinto. Sonia hizo el contacto de inmediato cuando se lo dijimos la misma tarde del martes, el último día de BEF en Bogotá. “Un año”, dice él, pausadito, como en todo momento, concentrado en el dibujo. “Sólo me tomó veinte años, pero lo logré: una novela gráfica”, se lee en el epílogo del libro. No ha tocado su Pony ni siquiera para quitarle la tapa. Sonia le pregunta si quiere descansar un momento de firmar. “No, yo feliz”, responde él frunciendo un poco los hombros.
“Con Pepe Rojo estamos preparando una antología”, dice luego, cuando ya ha terminado y estamos hablando de ciencia ficción. “Se llama 25 minutos en el futuro y reúne cuentos de autores norteamericanos que no han sido traducidos al español”. Los cuentos, no los autores. Me llama la atención que diga norteamericanos. Imagino que incluso hay mexicanos, pero cuando da algunos de los nombres entiendo a qué se refiere: gringos ellos y un par de canadianos (mi sic). Está bien. A México siempre lo preferiremos de este lado de la América. Entre los nombres están Margaret Atwood, Terry Bisson, Eileen Gunn y Bruce Sterling. “Qué bien”, me emociono. Justo hace un par de semanas terminé de leer una novela de Sterling y pude recordar lo mucho que me gusta. Debe notarse: “¿Te gusta Bruce?”, dice. “Bruce es amigo mío”. Y para confirmarlo, subrayarlo, saca su smartphone y nos muestra unas fotos. “Esto fue en una cena en mi casa”. Hay un grupo de personas en una sala de paredes rojas de las que cuelga un par de diagramas de Astroboy. Sterling está en el centro, su esposa Jasmina es la única sentada, y a los lados están BEF y algunos amigos mexicanos de los que va dando nombres y una pequeña acotación: “escritor de ciencia ficción, escritora de fantasía”. Le cuento que esperaba conocer a Sterling hace cuatro años, cuando estuvo invitado al Encuentro Fractal 09, pero no pudo venir y en cambio mandó un video. Lo mismo que a Lucius Shepard, que entonces tuvo problemas de salud y por estos días justamente se está recuperando en el hospital de una apoplejía. “Lucius también es amigo mío”, sonríe. Diría que lo está disfrutando. “Es un gordo como de 1,90. Cuando estuvo en México lo llevé a conocer el mercado de Sonora y estaba fascinado con las calaveras. Pero daba dos pasos y se quedaba sin aire”.
“La ciencia ficción en Estados Unidos no está pasando por un buen momento”. Al principio creo que se refiere a la calidad o a su propia versión de la muerte del género, pero antes de que alcance a llevar la conversación por ese lado agrega: “Si le dices a un autor que vas a traducir uno de sus cuentos, te lo agradece”. Mientras habla juguetea con su perilla canosa y rectangular. “Para la antología hicimos las traducciones nosotros mismos. Traducciones al mexa. Sólo uno de los cuentos estaba en español, el de Bisson, ‘Los osos descubren el fuego’, pero en una traducción españoleta. Si no son traducciones españolas, son argentinas, y no queríamos eso”. Terminamos hablando de ciencia ficción colombiana. Le contamos de las peripecias para conseguir los títulos y la sensación consecuente de estar buscando fragmentos de algo sin nombre en un paisaje todavía sin forma. Bueno, no fue tan elaborada la cosa durante la conversación, aunque esa es la sensación. “Pero la mejor novela de ciencia ficción latinoamericana que he leído es colombiana: Iménez, de Luis Noriega”, celebra, y luego: “Deberían rescatar a Rebetez”. Le pregunto si en México es posible conseguir números de Crononauta, la revista que Rebetez editó. Dice que no. Obviamente, dice su cara. Pero luego nos cuenta que un amigo suyo está en la tarea de digitalizarla.
Nos despedimos en la puerta del Oma. “También soy amigo de Rudy Rucker”, dice sonriente, por alguna razón distraída, mientras salimos. Shepard y Rucker están incluidos en la antología. Su vuelo sale temprano en la mañana del miércoles. Esa tarde Angélica me llama mientras peleo contra casi trescientas líneas sobre formas alternativas de generar energía en el Chocó. “Llegaron los Gel azul”, me dice.
Mostrando entradas con la etiqueta signo de interrogación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta signo de interrogación. Mostrar todas las entradas
miércoles, 9 de octubre de 2013
miércoles, 4 de julio de 2012
Prometeo (2012) - Dir. Ridley Scott
La expedición científica de la nave Prometeo parece indecisa: no sabe muy bien si busca el porqué o el cómo de la existencia humana. Lo que encuentra a cambio, después de un par de días metida en una versión de algún video de Tool, no es un porqué sino muchos, pero todos en el desconcierto de los espectadores de su historia.
Sin embargo, si Prometeo, la película, tiene algún mérito (dejando de lado la fotografía y la dirección de arte, en las que Ridley Scott suele ser bastante pulcro), es el de permitir un ejercicio de definición de la ciencia ficción: el hecho de que resultara decepcionante provocó que buena parte de las reacciones negativas se centrara en listar las “fallas” de coherencia, o de cierta forma de coherencia, cuyo cumplimiento podría servir para caracterizar al género como una forma del realismo. Me permito un miquelbarceloísmo y remito, como ilustración, a la reseña de Howard Waldrop y Lawrence Person en Locus. Tales fallas confirman la existencia de unos protocolos propios de la ciencia ficción, ya sea que estén tácitamente definidos o no, y, de acuerdo con el razonamiento que se indigna por su ausencia, un texto satisfactorio (literario, cinematográfico o de otra clase) debe cumplirlos o al menos reconocerlos. De ese modo, si bien la película “funciona” como suspenso, fracasa como ciencia ficción.
Aunque estoy de acuerdo con esa crítica, considero que la mayor falla de Prometeo está en su incapacidad para sacar provecho de temas e ideas de la ciencia ficción que son importantes para hacer de una aventura en la superficie de otro planeta algo más que una persecución con cascos y lucecitas y algo que se mueve de una forma extraña; temas e ideas que aquí aparecen como lanzados al azar dentro de la narración, tal vez para generar la ilusión de que en efecto se cumplía con los protocolos. Una vez más es posible utilizar la película y establecer lo que puede ser o hacer la ciencia ficción. La búsqueda de los orígenes de la humanidad, el encuentro con otra forma de vida, el encuentro con otra forma de inteligencia (eufemismo entusiasta), la inteligencia artificial (honestamente, nada que no se hubiera hecho ya en 1968), la fe, la inmortalidad: todos están allí, pero aparte de la lista que así lo verifica no hay mucho que hacer con ellos. Y como si la falta de reflexión al respecto no bastara, las pocas explicaciones que se dan, si bien especulaciones de personajes desesperados (y resulta preferible verlas así a creer que en efecto son lo que está en el fondo de todo), resultan insulsas, sin mucha imaginación, humanas, demasiado humanas, y por tanto capaces de rebajar lo que tal vez habría sido más interesante como simple misterio. Luego de ver a los personajes evadir el tentáculo o ser alcanzados por él, poco o nada nos queda de la película, aparte del saborcito de la adrenalina por tribulaciones ajenas y fingidas, que por eso mismo se disipa más bien rápido.
En la tradición de la ciencia ficción religiosa (si podemos llamarla así) se distinguen dos vertientes: una en la que lo trascendental/sobrenatural se ve objetivado, es decir, figura de forma real en el relato y así se problematiza (por ejemplo, El señor de la luz, de Roger Zelazny, o El cálculo de Dios, de Robert J. Sawyer (que a la vez servirían para ilustrar dos versiones de esta categoría: o bien, por evolución o por tecnología, los humanos o algún otro ser alcanzan el carácter de divinidad, al menos en cuanto a su casi omnipotencia sobre la realidad, o bien la existencia del ser sobrenatural antecede a la de la humanidad o la del universo)), y otra en la que la discusión se centra en la religión como fenómeno humano y se analiza sociológica o antropológicamente, con independencia de la existencia empírica o no de la divinidad (Cuna de gato, de Kurt Vonnegut, o Duna, de Frank Herbert (aunque puede argumentarse que Duna está en la línea entre una categoría y la otra (resulta increíble que dos novelas tan distintas puedan encontrarse en la misma clasificación))).
En Prometeo, que tiene un pie en cada una pero ninguno con firmeza, las implicaciones del descubrimiento nunca parecen afectar a la protagonista, extrañamente el único personaje con alguna forma de fe, pues a pesar de que se entiende que la verdad sobre el origen de la humanidad es algo trascendental para ella, se encuentra tan conflictuada estando conflictuada (supervivencia, esterilidad, novio, obstinación, etc.) que no da cabida una reflexión medianamente racional y detenida, desligada del reflejo ante la persistencia destructora (por voraz, por viral) de lo que la rodea. ¿Qué pasa por la cabeza de una científica católica cuando descubre que la humanidad en efecto ha sido creada, pero no por Dios? ¿Cómo concilia esa comprobación con su creencia en la vida después de la muerte, que se presenta como uno de los pilares de su fe? En otras palabras: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?
“Esto es lo que elijo creer”, responde comodina la protagonista en algún momento, y esas palabras prácticamente sirven como justificación, digo, valoración de la película misma. Otros han preferido una aceptación panorámica y celebran la “expansión del universo de Alien”, aunque esa sea una maniobra que distrae la mirada hacia lo que está o va a estar por fuera de la película e implica el reconocimiento de que algo falta. Un optimismo relativo y sospechoso. Seguramente Scott, director poco afecto a las secuelas (o que hasta ahora lo era), no está interesado en dar continuidad a las ideas y responder a las preguntas que formuló con Prometeo, así que esa tarea va a quedar en otras manos; si más o menos capaces, ya veremos. De cualquier manera, la primera película de la saga de Alien “expandió” su universo como ninguna y lo que vino a continuación, si bien tuvo elementos interesantes, fue bastante desigual y en muchas ocasiones pobre. Para la muestra una precuela. Q.E.D.
Calificación: tres babitas asesinas.
Sin embargo, si Prometeo, la película, tiene algún mérito (dejando de lado la fotografía y la dirección de arte, en las que Ridley Scott suele ser bastante pulcro), es el de permitir un ejercicio de definición de la ciencia ficción: el hecho de que resultara decepcionante provocó que buena parte de las reacciones negativas se centrara en listar las “fallas” de coherencia, o de cierta forma de coherencia, cuyo cumplimiento podría servir para caracterizar al género como una forma del realismo. Me permito un miquelbarceloísmo y remito, como ilustración, a la reseña de Howard Waldrop y Lawrence Person en Locus. Tales fallas confirman la existencia de unos protocolos propios de la ciencia ficción, ya sea que estén tácitamente definidos o no, y, de acuerdo con el razonamiento que se indigna por su ausencia, un texto satisfactorio (literario, cinematográfico o de otra clase) debe cumplirlos o al menos reconocerlos. De ese modo, si bien la película “funciona” como suspenso, fracasa como ciencia ficción.
Aunque estoy de acuerdo con esa crítica, considero que la mayor falla de Prometeo está en su incapacidad para sacar provecho de temas e ideas de la ciencia ficción que son importantes para hacer de una aventura en la superficie de otro planeta algo más que una persecución con cascos y lucecitas y algo que se mueve de una forma extraña; temas e ideas que aquí aparecen como lanzados al azar dentro de la narración, tal vez para generar la ilusión de que en efecto se cumplía con los protocolos. Una vez más es posible utilizar la película y establecer lo que puede ser o hacer la ciencia ficción. La búsqueda de los orígenes de la humanidad, el encuentro con otra forma de vida, el encuentro con otra forma de inteligencia (eufemismo entusiasta), la inteligencia artificial (honestamente, nada que no se hubiera hecho ya en 1968), la fe, la inmortalidad: todos están allí, pero aparte de la lista que así lo verifica no hay mucho que hacer con ellos. Y como si la falta de reflexión al respecto no bastara, las pocas explicaciones que se dan, si bien especulaciones de personajes desesperados (y resulta preferible verlas así a creer que en efecto son lo que está en el fondo de todo), resultan insulsas, sin mucha imaginación, humanas, demasiado humanas, y por tanto capaces de rebajar lo que tal vez habría sido más interesante como simple misterio. Luego de ver a los personajes evadir el tentáculo o ser alcanzados por él, poco o nada nos queda de la película, aparte del saborcito de la adrenalina por tribulaciones ajenas y fingidas, que por eso mismo se disipa más bien rápido.
En la tradición de la ciencia ficción religiosa (si podemos llamarla así) se distinguen dos vertientes: una en la que lo trascendental/sobrenatural se ve objetivado, es decir, figura de forma real en el relato y así se problematiza (por ejemplo, El señor de la luz, de Roger Zelazny, o El cálculo de Dios, de Robert J. Sawyer (que a la vez servirían para ilustrar dos versiones de esta categoría: o bien, por evolución o por tecnología, los humanos o algún otro ser alcanzan el carácter de divinidad, al menos en cuanto a su casi omnipotencia sobre la realidad, o bien la existencia del ser sobrenatural antecede a la de la humanidad o la del universo)), y otra en la que la discusión se centra en la religión como fenómeno humano y se analiza sociológica o antropológicamente, con independencia de la existencia empírica o no de la divinidad (Cuna de gato, de Kurt Vonnegut, o Duna, de Frank Herbert (aunque puede argumentarse que Duna está en la línea entre una categoría y la otra (resulta increíble que dos novelas tan distintas puedan encontrarse en la misma clasificación))).
En Prometeo, que tiene un pie en cada una pero ninguno con firmeza, las implicaciones del descubrimiento nunca parecen afectar a la protagonista, extrañamente el único personaje con alguna forma de fe, pues a pesar de que se entiende que la verdad sobre el origen de la humanidad es algo trascendental para ella, se encuentra tan conflictuada estando conflictuada (supervivencia, esterilidad, novio, obstinación, etc.) que no da cabida una reflexión medianamente racional y detenida, desligada del reflejo ante la persistencia destructora (por voraz, por viral) de lo que la rodea. ¿Qué pasa por la cabeza de una científica católica cuando descubre que la humanidad en efecto ha sido creada, pero no por Dios? ¿Cómo concilia esa comprobación con su creencia en la vida después de la muerte, que se presenta como uno de los pilares de su fe? En otras palabras: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?
“Esto es lo que elijo creer”, responde comodina la protagonista en algún momento, y esas palabras prácticamente sirven como justificación, digo, valoración de la película misma. Otros han preferido una aceptación panorámica y celebran la “expansión del universo de Alien”, aunque esa sea una maniobra que distrae la mirada hacia lo que está o va a estar por fuera de la película e implica el reconocimiento de que algo falta. Un optimismo relativo y sospechoso. Seguramente Scott, director poco afecto a las secuelas (o que hasta ahora lo era), no está interesado en dar continuidad a las ideas y responder a las preguntas que formuló con Prometeo, así que esa tarea va a quedar en otras manos; si más o menos capaces, ya veremos. De cualquier manera, la primera película de la saga de Alien “expandió” su universo como ninguna y lo que vino a continuación, si bien tuvo elementos interesantes, fue bastante desigual y en muchas ocasiones pobre. Para la muestra una precuela. Q.E.D.
Calificación: tres babitas asesinas.
Etiquetas:
aliens,
cf religiosa,
clásicos,
hipótesis,
películas,
reseñas,
signo de interrogación
miércoles, 22 de junio de 2011
Game of Thrones (serie de TV)
Palabra: si mi ritmo de lectura hoy fuera tan glotón e indiferente como el que tenía en los años de universidad, ya habría despachado los primeros cuatro libros de la saga A Song of Ice and Fire de George R. R. Martin y tendría algo que decir que estuviera menos afectado de prejuicios o, por lo menos, mejor argumentado. Pero como no, y como lo poco que leo lo dedico a los autores que más me gustan y de los que no he podido leer todo lo que quisiera, me queda al menos la opción de ver la primera temporada de la serie de HBO basada en la primera novela, A Game of Thrones.Al no haber leído el libro no puedo excitarme desvergonzadamente por las fidelidades de la serie o airarme hasta la diatriba por sus infidelidades. Sin embargo, si de lo que vi dependiera la lectura debo decir que, así fuera tan indiferente y glotón como hace años, me costaría trabajo mentalizarme para dedicar tiempo y distintas clases de energía a una saga que no sólo sigue inconclusa después de cerca de 5000 páginas sino en la que parece que no pasa mucho. Los primeros cinco capítulos de Game of Thrones funcionan como un epílogo a eventos mucho más interesantes que ocurrieron todos en el pasado, mientras que los últimos cinco son el prólogo a eventos mucho más interesantes que tal vez ocurran en el volumen siete de la saga (séptima temporada de la serie), Dios mediante y si el autor no descubre de pronto a la mitad de la escritura del sexto que necesita expandir un poquito más la historia para aclarar mejor algo que va a pasar, algún día, y que es terrible. Hay una insatisfacción comparable a la que produce la saga de La guerra de las galaxias: si esta es la historia más interesante que este mundo tiene para contar, entonces deben aburrirse montones: traiciones siempre ha habido, así como inviernos largos, amores, guerras… ¿por qué justamente este momento de una historia que se sugiere larga y compleja?
Pero algo que me molesta aún más es que, por alguna razón a la que sólo se me ocurre llamar ‘triste convención sin reflexión’, se da por supuesto que fantasía equivale a espadas(*) y caballos. Tan extraños nos resultan el mundo y la historia que con eso debemos tener suficiente para sentirnos transportados a un universo fantástico. Tan otra cosa es nuestro pasado y tan ajenas sus formas de vida y pensamiento que hoy estimulan nuestra imaginación hasta el éxtasis. Tengo entendido que más adelante (volúmenes ocho o doce, tal vez, o creo que los apéndices del mapa de una nota al pie) habrá dragones y más muertos vivientes (sí, hay muertos vivientes; o por lo menos congelados que caminan, algo así), pero por el momento el paisaje es más bien estéril. Ni siquiera se ve mucha imaginación en las gentes de ese mundo: ¿que los bárbaros hablan una lengua gutural en la que no existe la palabra gracias, son de piel oscura y en sus bodas tienen sexo frente a todo el mundo y arman trifulca por nada porque no es una buena boda si no hay por lo menos tres muertos? Con razón nunca van a salir de bárbaros. ¿Que los malos son malísimos e incestuosos o proxenetas (no podían ser buenos cocineros, tenían que ser incestuosos o proxenetas) y los buenos buenísimos y estúpidos? Sirva como confirmación de que la sinonimia entre bondad y estupidez es más común de lo que uno cree.
En este punto del blog, volver a la queja por la inversión de demasiadas páginas en contar una historia que seguramente no las necesita es peor que redundante. Sin embargo, en esta clase de casos particulares, es decir, las sagas de fantasía épica, se ve que la extensión y la partición de la historia en muchos volúmenes ya no es un asunto de necesidad, si alguna vez lo fue, sino de pura inercia convencional, descontando de la discusión, por obvia, la inercia comercial. El estándar tolkieniano ha sido y seguirá siendo la meta a vencer; pero que la mejor manera que se les ocurra prácticamente a todos los autores para intentarlo sea escribir sagas de más de tres volúmenes, mientras que las variaciones de sustancia son mínimas o ineficaces, es sólo la prueba superflua de una crisis imaginativa. Lo triste es que se trate de una crisis tal en medio del género que debería sentirse más orgulloso de poder eludirlas, de un género que lleva el nombre de un reino sin fronteras. De la fantasía no nos queda más que el nombre. Por fortuna sólo exagero para efectos dramáticos, y esa verdad, aunque a medias, es especialmente verdad para la fantasía épica, apenas una rama de todo el género.
Ahora, debo decir que deseo estar siendo injusto, que espero equivocarme. Tal vez la serie no le da la talla a las novelas, tal vez Martin sea un excelente prosista y un maestro del ritmo, tal vez las motivaciones de los personajes no se vean tan básicas al estar presentadas de una manera más convincente y con parlamentos menos efectistas. No quiero dejar de reconocer que sólo es una cuestión de gusto y, sobre todo en mi caso, de disfunción lectora, y que no pueden establecerse criterios para valorar la calidad de una obra partiendo de una interpretación profundamente afectada por esos aspectos (bueno, en cuanto al gusto puede darse una discusión de lo más interesante y necesaria). Si mi torpeza e ignorancia me han hecho calumniar a una de las mejores sagas de la literatura, sólo me queda pedir perdón y compasión. Castigo suficiente será no leerla.
* Este es un colmo ya presentado con cierta eficacia en 1986 por la película Highlander, donde casi se puede pensar que la inmortalidad de los protagonistas es sólo un pretexto para justificar duelos de espada a muerte en plena Nueva York de finales del siglo XX.
sábado, 28 de mayo de 2011
DAREDEVIL: VOLVER A NACER (1986) - Frank Miller (guión) y David Mazzucchelli (arte)
MATT MURDOCK/DAREDEVIL: Sufro mucho, sufro mucho.KINGPIN: Soy malo y calculador. Muy malo y muy calculador.
LOS PERSONAJES FEMENINOS: Ayúdame Obi Wan Kenobi… perdón, ayúdame Matt Murdock/Daredevil o el hombre que esté más cerca. No tengo carácter. No me preguntes, sólo soy una víctima.
FRANK MILLER: (voz en off) La realidad es maldad y sufrimiento. Yo he visto su verdadero rostro, conozco su voz, conozco el sonido de sus pasos y el olor de su aliento cuando viene por mí. El realismo es un arma con la que golpear al lector. Al lector le gusta. Yo sé qué es lo que el lector quiere. Yo sé que la mejor manera de convencer es repetir. La narración sabe mi nombre y yo he visto su verdadero rostro, conozco su voz, conozco el sonido de sus pasos y el olor de su aliento cuando viene por mí y me dice, me ruega, que incluya monólogos internos. ¿Ahora cómo resuelvo el lío que armé? Ah, verdad que es una historia de superhéroes: hay que meter explosiones.
KINGPIN: Soy malo y calculador. Muy malo y muy calculador. También soy chambón, pero básicamente malo y calculador.
DAREDEVIL/MATT MURDOCK: Sufro mucho, sufro mucho… Oh, huelo una epifanía.
YO: Un par de ideas que podrían ser interesantes (no quiero decir “buenas” ni “novedosas”: un villano que conoce la identidad secreta del héroe y se decide a destruirlo poco a poco y un héroe que se ve lanzado hasta el fondo y debe recuperarse) resultan saboteadas por un guión terrible. ¿Realismo? Los personajes son insoportables, tan convincentes como los de cualquier culebrón. Si tomaran media decisión inteligente (y el guionista la presentara de una manera menos tediosa) podría haber algo para rescatar. ¿Clásico? ¿Así de mal estaban los cómics de superhéroes en los ochenta?
Etiquetas:
cómics,
fantasía,
miller,
reseñas,
signo de interrogación,
superhéroes,
terror
martes, 22 de febrero de 2011
En palabras de otros - James Tiptree, Jr. (2)
...Flota, visiblemente saturado, azul y verde en medio de la negrura. Él lo mira con atención: aumenta de tamaño mientras late con un ritmo aterrador y apagado, y expulsa lentamente una masa fantasmal de gran tamaño que se extiende, se solidifica... es un planeta testículo que empuja un pene monstruoso en dirección a las estrellas. El pulso de su sangre resuena a través de las sollozantes inmensidades; frío, frío. El falo tiene parsecs de longitud y vibra, busca a ciegas llevado por una presión intolerable en su interior; su punta es un enorme glande nebuloso iluminado por un destello: la Centauro. Crece, se extiende penosamente, en busca de alivio... las estrellas tañen en un crescendo insoportable...
—James Tiptree, Jr., "A Momentary Taste of Being"
Etiquetas:
autores,
citas,
clásicos,
opera espacial,
signo de interrogación,
tiptree
jueves, 27 de enero de 2011
Tres respuestas al cyberpunk 0: Intro
Hace casi 15 25 años se William Gibson publico Neuromante, la novela icono del cyberpunk. Junto al new wave, el cyberpunk es uno de los movimientos más importantes y controvertidos que ha visto al SF. Independientemente que el movimiento le gustara o no a la gente, su impacto fue bien claro, y hoy es posible ver su influencia en la mayor parte de la ciencia ficción, no solo escrita, sino del cine y tv.
El cyberpunk, es un hijo directo de la situación de finales de los 70s y 80s. De cierta manera, es como el equivalente en la SF de lo que el punk fue al rock (aquí y aquí Rudy Rucker pone una historia bien vivida sobre el inicio del cyberpunk!). En todos estos años, las cosas han cambiado un montón, mucha de la tecnología del cyberpunk ya esta aquí, y otra nos parece más bien risible (la “matriz” de Neuromante, parece más el ambiente de Tron (la original) que lo que hoy tenemos como internet... por cierto, hablando de Tron, ahora con la "secuela" me imagino a Gibson re-escribiendo uno de sus cuentos clásicos xD); también la situación social a cambiado, y así como el punk era para los hijos de los obreros desempleados en los 80s, con bandas fuertemente independientes, sus formas actuales (el neo-punk, o el emo) son formas totalmente comerciales dirigidas a una población joven llena de ipods, celulares e internet.
Esos cambios, como no, se ven reflejados en la literatura actual, para muchos, la principal respuesta al cyberpunk ha sido el “post-cyberpunk.” Yo alguna vez escribí que J.G. Ballard era un post-cyberpunk anterior al cyberpunk mismo, aunque seguro esta más cerca de los cyberpunks de que los posts. Pero hay otras maneras de responder al cyberpunk. En esta “serie” de reseñas, escogí 3 novelas de la última década, no se si son las mejores representantes de lo que quiero mostrar, pero son las que he leído más recientemente, y además son, en mi opinión 3 de las mejores novelas de la década, cada una se puede mirar como una respuesta particular al cyberpunk, respuestas muy distintas entre si, y creo que por eso vale la pena darles una ojeada en torno a un tema en particular!
Quizá convendría dar una especie de definición, más bien temática de lo que es el cyberpunk, para contextualizar las respuestas. Esto no quiere decir que todos los trabajos del cyberpunk cumplan con todas estas características, pero pues creo que sirven de guía.
- El mundo esta dominado por corporaciones o compañias que aglomeran varios sectores económicos diversos, y cuyos intereses van más allá de los estados nacionales. El interior de dichas corporaciones suele ser misterioso y muy sectario, con toda clase de intrigas, facciones y diferentes niveles de corrupción en su interior.
- Los estados nacionales, no tienen prácticamente ningún poder político o social. Excepto quizá el mantenimiento del aparato militar de las grandes potencias.
- La sociedad esta dividida en dos grandes grupos, quienes pertenecen a las corporaciones, con contratos prácticamente vitalicios, que viven aislados del resto del mundo; el segundo grupo, es en general gente que se gana la vida con trabajos más bien informales, no ligados directamente a las corporaciones o como contratistas de estas, muchos de esos trabajos son ilegales, y fuertemente ligados a todo tipo de mercados negros. La mayor parte de los personajes pertenecen al segundo grupo, la gente marginal.
- El sector de las comunicaciones esta dirigido a todo el público. Dominan entretenimientos como los realities, y la vida de las super-estrellas. Internet es más una especie de espacio de realidad virtual, que sigue de forma paralela al mundo real, con objetos y formas “tangibles” en esa realidad. A pesar de ser una tecnología ubicua, su dominio es bastante limitado, a geeks como los hackers (al parecer, para el resto de la gente, les es indiferente).
- Grandes avances en el desarrollo de tecnologías médicas, tanto hormonales como protéticas. Dicho acceso es restringido, lo que genera un enorme mercado negro.
- Muchas drogas y prostitución, en todos los niveles.
Estos son como los puntos comunes que yo más o menos he identificado, como dije antes, hay novelas o historias donde varios de estos puntos son ignorados o modificados, pero de una forma los voy a usar como el marco de referencia en el cual comparar las novelas cuyas reseñas publicare en los próximos días!
Update
Las tres respuestas:
Este obra de Salvador Arias está bajo una licencia Creative Commons Atribución-CompartirDerivadasIgual 3.0 Unported.
Etiquetas:
cyberpunk,
gibson,
historia,
listas,
polémica,
postcyberpunk,
signo de interrogación,
taller de extrapolación
viernes, 31 de diciembre de 2010
La red social (2010) - Dir. David Fincher
Es como una mezcla de Trainspotting (sólo que en lugar de drogas tiene computadores) con Harry Potter (sólo que en lugar de magia tiene computadores) y Hackers (sólo que en lugar de Angelina Jolie tiene a Justin Timberlake), que nos confirma que, así como en los noventa el héroe era el paranoico y en la primera década del siglo XXI era el amnésico, se viene ahora una década de héroes con Asperger.Querido David Fincher: aunque aparentar ser Danny Boyle es más interesante que querer ser Zemeckis o Ron Howard, sigo sin saber en qué momento o por qué te perdimos (bueno, La habitación del pánico deprimiría a cualquiera que la hubiera dirigido, así fuera el mismísimo rey de la desvergüenza, George Lucas).
Lo que no acabo de entender del todo es qué necesidad (o pertinencia) hay de reseñar esta película en páginas de ciencia ficción (no me extrañaría verla incluso nominada para los Hugo del año entrante).
Calificación: tres millones y medio (de amigos, de enemigos o de dólares).
Etiquetas:
fincher,
películas,
reseñas,
signo de interrogación,
videos
sábado, 6 de noviembre de 2010
Actividad paranormal (2007) - Dir. Oren Peli
Actividad paranormal tiene el mérito, más bien raro, de ser muchas cosas a la vez: una crónica de la desintegración de una pareja, un cuestionamiento sobre los límites entre el observador y el observado (en sentido literal y figurado), un homenaje a “The Women Men Don’t See” de James Tiptree, Jr. y una mala película.Como sus primas hermanas, El proyecto de la bruja de Blair y Cloverfield, Actividad sufre y hace sufrir terriblemente en el nivel del guión y, sobre todo, en el de la verosimilitud, que resulta aporreada por partida doble. Primero, por lo contradictorio de su naturaleza, tratándose de películas que, justamente, quieren hacerse pasar por documentos más que por ficciones (algo llevado al extremo en el caso de Cloverfield; las otras dos pueden disimularse en el pretexto de que ocurrieron en un lugar del que no tenemos noticia) y, segundo, porque para lograrlo reiteran la necesidad (insostenible) de seguir grabando aun cuando la situación se ha puesto de lo más absurda. En todas ellas podemos ver que la única razón creíble para hacerlo es que la persona a cargo de la cámara sea un imbécil; como si el director quisiera decirnos así algo sobre él y sobre la forma en que espera que veamos su película, aunque, claro y por eso mismo, también sobre lo que llegamos a ser por verla completa.
Hay una contradicción extraña tras la contradicción obvia de una ficción que quiere hacerse pasar por realidad (que es la contradicción menos original de la historia del arte) y es la de una verdad en disfraz de ficción que no sería posible creer por sosa, es decir, por muy real. El director se molesta tanto en hacer que nos interesemos en la triste vida de la pareja que traiciona la expectativa por la que estamos viendo la película. Es decir, parece olvidar que no se trata de una historia de (des)amor con mostro sino de una anécdota de miedo protagonizada por un matrimonio joven. Umberto Eco define una película pornográfica como aquella donde las escenas de sexo se demoran demasiado en empezar, y si algo nos han enseñado YouTube y los programas con videos de accidentes es que la vida de los personajes nos importa un pepino y a lo que queremos llegar es al momento de la explosión, la mordida, el grito. Por supuesto, si la cámara se llenara cada segundo con el acontecimiento extraordinario (por poner un ejemplo: en Cloverfield el bicho no aparece casi nunca tomado directamente, a pesar de ser lo único interesante para filmar) se cruzaría la línea y el temblor se domesticaría, así fuera por agotamiento; pero en estos casos el intermedio ya no es kitsch bien dosificado sino pura irrelevancia.
Con películas como esta y casi todas las de su estirpe (con el casi quiero excluir [REC], que me parece bastante pasable), nos queda la sensación de que estamos ante videos de 10 minutos disfrazados de historias de más de una hora: anécdotas con ínfulas o chistes con prólogo, prefacio, introducción, nota preliminar y contexto cronológico, que dilatan tanto la hora de la punzada que, cuando llega, ya no tienen público.
Actividad paranormal me hace desear que nunca se concrete la adaptación de House of Leaves de Mark Danielewski. Nos da una idea de cómo quedaría, y el resultado no es interesante.
Calificación: dos huellas de talco.
Etiquetas:
películas,
reseñas,
signo de interrogación,
terror
jueves, 7 de octubre de 2010
Avatar: una bibliografía
Mañana, 8 de octubre, vuelve a las salas de cine la película más querida por todos, con 9 minutos adicionales, como si se tratara de un embrión tumoral de lo que luego va a ser la segunda parte. Al parecer Cameron se contagió pronto de la enfermedad que George Lucas hizo famosa (o que hizo famoso a George Lucas; depende de la edad de quien critique), caracterizada por la sensación persistente de que el chanchito no se llena. Ahora que la amenaza de Star Wars 3D es cada vez menos amenaza y más daño premeditado, es posible suponer que en veinte o treinta años veremos Avatar 4D, las tres trilogías originales, haciendo su aparición anual tradicional como remplazo bien asimilado de la tediosa Navidad.
Pero me intriga, sobre todo, que esto ocurra con películas de género, sea fantasía o ciencia ficción: ¿por qué nunca vimos 9 minutos adicionales de Titanic, con más Leo o más Kate o más tempano o más muertos o más congelamiento? Esa película pedía desesperadamente que se viera con mejor definición al monstruo marino gigante que se tragaba a los ex pasajeros después de ensartarlos en un palito para convencerse de que eran paletas. Dios sabe que el mundo y el bolsillo de Cameron (no) los necesitaban más de lo que ahora necesitamos 9 minutos de una película de ¿cuánto era?: ¿dos horas y media?, ¿tres horas?
En fin, la siguiente es una lista de textos en los que, por una razón u otra, pensé mientras veía Avatar, junto con algunos que no he leído pero que aparecían como referencias posibles descubiertas por los reseñistas (por favor, hagan de cuenta que la palabra referencias va entre comillas). Quienes se tomen la molestia de revisarlos podrán darse cuenta de que la relación de muchos con la película (o, más bien, de la película con ellos) es vaga o muy oblicua; en algunos casos se trata sólo de una escena o de uno de los elementos del mundo, en otros casos podría pensarse seriamente en una “investigación” de lo más concienzuda. El dicho, que leí por primera vez en un libro de las leyes de Murphy, establece que copiar a un autor es plagio y copiar a muchos es investigación. Las reseñas de Avatar vacilaron en su momento con el trabajo de James Cameron, pues a falta de un límite definido (tal vez numérico), no hubo consenso entre acreditarle mérito investigativo o una falta rotunda de imaginación.
Vaya esto como celebración de algo que no lo merece o como una excusa para postear algo mientras retomamos cierto nivel de seriedad.
Una princesa de Marte (1912), Edgar Rice Burroughs
"Deserción" (1944), Clifford D. Simak (incluido en Ciudad)
Semillas estelares (1956), James Blish
"Llámame Joe" (1957), Poul Anderson
Los amantes (1961), Philip José Farmer
Invernáculo (1962), Brian W. Aldiss
El vuelo del dragón (1968), Anne McCaffrey
Regreso a Belzagor (1970), Robert Silverberg
“Más vasto que los imperios y más lento” (1971), Ursula K. Le Guin
El nombre del mundo es bosque (1972), Ursula K. Le Guin
"La muchacha que estaba conectada" (1973), James Tiptree, Jr.
Homo plus (1976), Frederik Pohl
La voz de los muertos (1986), Orson Scott Card
Bios (1999), Robert Charles Wilson
P.S. Sí, tal como se veía venir, hoy Avatar no me entusiasma como en el momento que la vi.
Pero me intriga, sobre todo, que esto ocurra con películas de género, sea fantasía o ciencia ficción: ¿por qué nunca vimos 9 minutos adicionales de Titanic, con más Leo o más Kate o más tempano o más muertos o más congelamiento? Esa película pedía desesperadamente que se viera con mejor definición al monstruo marino gigante que se tragaba a los ex pasajeros después de ensartarlos en un palito para convencerse de que eran paletas. Dios sabe que el mundo y el bolsillo de Cameron (no) los necesitaban más de lo que ahora necesitamos 9 minutos de una película de ¿cuánto era?: ¿dos horas y media?, ¿tres horas?
En fin, la siguiente es una lista de textos en los que, por una razón u otra, pensé mientras veía Avatar, junto con algunos que no he leído pero que aparecían como referencias posibles descubiertas por los reseñistas (por favor, hagan de cuenta que la palabra referencias va entre comillas). Quienes se tomen la molestia de revisarlos podrán darse cuenta de que la relación de muchos con la película (o, más bien, de la película con ellos) es vaga o muy oblicua; en algunos casos se trata sólo de una escena o de uno de los elementos del mundo, en otros casos podría pensarse seriamente en una “investigación” de lo más concienzuda. El dicho, que leí por primera vez en un libro de las leyes de Murphy, establece que copiar a un autor es plagio y copiar a muchos es investigación. Las reseñas de Avatar vacilaron en su momento con el trabajo de James Cameron, pues a falta de un límite definido (tal vez numérico), no hubo consenso entre acreditarle mérito investigativo o una falta rotunda de imaginación.
Vaya esto como celebración de algo que no lo merece o como una excusa para postear algo mientras retomamos cierto nivel de seriedad.
Una princesa de Marte (1912), Edgar Rice Burroughs
"Deserción" (1944), Clifford D. Simak (incluido en Ciudad)
Semillas estelares (1956), James Blish
"Llámame Joe" (1957), Poul Anderson
Los amantes (1961), Philip José Farmer
Invernáculo (1962), Brian W. Aldiss
El vuelo del dragón (1968), Anne McCaffrey
Regreso a Belzagor (1970), Robert Silverberg
“Más vasto que los imperios y más lento” (1971), Ursula K. Le Guin
El nombre del mundo es bosque (1972), Ursula K. Le Guin
"La muchacha que estaba conectada" (1973), James Tiptree, Jr.
Homo plus (1976), Frederik Pohl
La voz de los muertos (1986), Orson Scott Card
Bios (1999), Robert Charles Wilson
P.S. Sí, tal como se veía venir, hoy Avatar no me entusiasma como en el momento que la vi.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Amor y odio en la ciencia ficción
Este es uno de esos posts absolutamente personales que tal vez tendrían mejor cabida en otra clase de blog, pero como este es el de CF entonces le figura.
Hace unas semanas, SF Signal publicó el enlace a una entrada de blog donde alguien listaba los autores de CF que menos le gustaban (sus menos favoritos, sería una forma de decirlo), y ahora, con motivo del Mind Meld de los miércoles, John DeNardo de SF Signal pregunta a un grupo de personas cuáles son los libros de ciencia ficción, fantasía u horror que más les gustan y que los demás odian, y cuáles son los que más odian y que a los demás les gustan. No creo que la preocupación de los dos posts sea coincidencia, y en vista de que la pregunta contraria no sólo está gastada sino que además desgasta (es decir, cuáles son tus autores y libros favoritos de CF (léase con vocecita nasal burlona)) y su respuesta suele ser la misma las más de las veces, me parece que vale la pena preguntárselo como ejercicio.
De las respuestas del Mind Meld llaman mi atención, claro, las que por inesperadas sorprenden: ¿de verdad hay gente en este mundo a la que pueden no gustarle Las estrellas mi destino, Babel 17, Pequeño, grande o Marte rojo? Menos mal. Eso sí, uno no quisiera aceptar que, además, haya gente a la que le guste Eragon o Ender, el xenocida o una novela de Forgotten Realms (¡alerta geek!). Pero lo que finalmente deja en claro una lista como esta es lo más obvio de todo, que de tan obvio no se quiere aceptar: que ante el argumento del gusto los cánones no tienen sentido (la versión del canon es la contraria (a saber, que el gusto no es criterio de valoración válido), pero yo al canon no le creo por reflejo). Lo triste es que, desde la pregunta misma, se da por entendido que la respuestas sólo pueden presentarse en términos de disculpa o de desafío; como quien dice, el canon sigue siendo el canon y nosotros la anomalía. En fin.
Pero hay que leer el post de todos modos, aunque sea por los comentarios que se hacen de algunos libros. La valoración que da Jonathan McCalmont de El juego de Ender, por ejemplo, me parece muy acertada.
Ahora, mis respuestas: una ya se la saben quienes me conocen: no acabo de entender el gran mérito de Dan Simmons, especialmente el de Hyperion, como no entiendo el de las novelas de Elric que no sean Portadora de tormentas o, más bien, las novelas de Moorcock que no sean ésa y El programa final. Me gusta el Neil Gaiman de The Sandman (hace poco lo confirmé) y otros cómics (especialmente Violent Cases y Mr. Punch) pero me aburre terriblemente el Gaiman de cuentos y novelas; no he podido despachar completo Smoke and Mirrors, y Coraline (esa fiesta para el resto del mundo) fue una decepción total. Cuando conocí a Heinlein con Tropas del espacio me gustó mucho (soy un poco indiferente a las posturas políticas de los autores como rasero para leer un libro), pero casi no puedo con Forastero en tierra extraña (sexo, discurso, discurso, sexo, discurso, etc.: algo así como The Matrix Reloaded, pero con sexo en lugar de artes marciales). No me gustan Cita con Rama ni Mundo anillo ni Música en la sangre. No soporté Hacedor de estrellas de Stapledon y lo terminé sólo porque soporto menos dejar un libro empezado. No entiendo, tampoco, qué tiene (o se supone que debo ver que tiene) la obra de Michael Swanwick.
Hay muchos autores de los que podría decir cosas parecidas pero, al revisar bien, lo que pasa es que sólo he leído el principio de algún libro que no me convence y que, tal vez en un segundo intento, resulte valer la pena. Y hay autores ultraconsagrados que me son más bien indiferentes, ni los amo ni los odio, ni hago un gran esfuerzo por releerlos: Asimov, Bradbury, Tolkien, Card (me gustó El juego de Ender, pero sus obsesiones me aburren). Dando un vistazo a los autores que se nombraron en el post de SF Signal, me doy cuenta de que mi gusto es (contrario a lo que quisiera creer) más bien canónico, lo que me hace preguntar si será mi gusto: retomando en parte algo que dijimos hace relativamente poco, ¿realmente son buenas La mano izquierda de la oscuridad, El libro del Sol Nuevo y Marte rojo, o queremos creer que lo son (y nos convencemos de ello) porque eso es, como diría Ted Chiang, "lo que se espera de nosotros"?
Hace unas semanas, SF Signal publicó el enlace a una entrada de blog donde alguien listaba los autores de CF que menos le gustaban (sus menos favoritos, sería una forma de decirlo), y ahora, con motivo del Mind Meld de los miércoles, John DeNardo de SF Signal pregunta a un grupo de personas cuáles son los libros de ciencia ficción, fantasía u horror que más les gustan y que los demás odian, y cuáles son los que más odian y que a los demás les gustan. No creo que la preocupación de los dos posts sea coincidencia, y en vista de que la pregunta contraria no sólo está gastada sino que además desgasta (es decir, cuáles son tus autores y libros favoritos de CF (léase con vocecita nasal burlona)) y su respuesta suele ser la misma las más de las veces, me parece que vale la pena preguntárselo como ejercicio.
De las respuestas del Mind Meld llaman mi atención, claro, las que por inesperadas sorprenden: ¿de verdad hay gente en este mundo a la que pueden no gustarle Las estrellas mi destino, Babel 17, Pequeño, grande o Marte rojo? Menos mal. Eso sí, uno no quisiera aceptar que, además, haya gente a la que le guste Eragon o Ender, el xenocida o una novela de Forgotten Realms (¡alerta geek!). Pero lo que finalmente deja en claro una lista como esta es lo más obvio de todo, que de tan obvio no se quiere aceptar: que ante el argumento del gusto los cánones no tienen sentido (la versión del canon es la contraria (a saber, que el gusto no es criterio de valoración válido), pero yo al canon no le creo por reflejo). Lo triste es que, desde la pregunta misma, se da por entendido que la respuestas sólo pueden presentarse en términos de disculpa o de desafío; como quien dice, el canon sigue siendo el canon y nosotros la anomalía. En fin.
Pero hay que leer el post de todos modos, aunque sea por los comentarios que se hacen de algunos libros. La valoración que da Jonathan McCalmont de El juego de Ender, por ejemplo, me parece muy acertada.
Ahora, mis respuestas: una ya se la saben quienes me conocen: no acabo de entender el gran mérito de Dan Simmons, especialmente el de Hyperion, como no entiendo el de las novelas de Elric que no sean Portadora de tormentas o, más bien, las novelas de Moorcock que no sean ésa y El programa final. Me gusta el Neil Gaiman de The Sandman (hace poco lo confirmé) y otros cómics (especialmente Violent Cases y Mr. Punch) pero me aburre terriblemente el Gaiman de cuentos y novelas; no he podido despachar completo Smoke and Mirrors, y Coraline (esa fiesta para el resto del mundo) fue una decepción total. Cuando conocí a Heinlein con Tropas del espacio me gustó mucho (soy un poco indiferente a las posturas políticas de los autores como rasero para leer un libro), pero casi no puedo con Forastero en tierra extraña (sexo, discurso, discurso, sexo, discurso, etc.: algo así como The Matrix Reloaded, pero con sexo en lugar de artes marciales). No me gustan Cita con Rama ni Mundo anillo ni Música en la sangre. No soporté Hacedor de estrellas de Stapledon y lo terminé sólo porque soporto menos dejar un libro empezado. No entiendo, tampoco, qué tiene (o se supone que debo ver que tiene) la obra de Michael Swanwick.
Hay muchos autores de los que podría decir cosas parecidas pero, al revisar bien, lo que pasa es que sólo he leído el principio de algún libro que no me convence y que, tal vez en un segundo intento, resulte valer la pena. Y hay autores ultraconsagrados que me son más bien indiferentes, ni los amo ni los odio, ni hago un gran esfuerzo por releerlos: Asimov, Bradbury, Tolkien, Card (me gustó El juego de Ender, pero sus obsesiones me aburren). Dando un vistazo a los autores que se nombraron en el post de SF Signal, me doy cuenta de que mi gusto es (contrario a lo que quisiera creer) más bien canónico, lo que me hace preguntar si será mi gusto: retomando en parte algo que dijimos hace relativamente poco, ¿realmente son buenas La mano izquierda de la oscuridad, El libro del Sol Nuevo y Marte rojo, o queremos creer que lo son (y nos convencemos de ello) porque eso es, como diría Ted Chiang, "lo que se espera de nosotros"?
Etiquetas:
clásicos,
listas,
mundos paralelos,
polémica,
signo de interrogación
jueves, 21 de enero de 2010
Un comentario demasiado extenso e inconexo como para ser considerado comentario
Se trata de un comentario al post inmediatamente anterior de Salvador, pero más que relacionarse con el tema del post o del ensayo de Jo Walton es una ocurrencia producto de su lectura:
Leyendo a Walton se me ocurre preguntar (puesto que la mayoría de comentaristas dan por sentado que una vez adquiridas las herramientas para leer ciencia ficción se puede dar cuenta de todo el género y que, después de eso, los únicos que tienen problemas para lidiar con la CF son los otros, es decir, los "no iniciados") cuál es la novela, el cuento, la saga (bueno, tal vez la saga mejor no) de CF que resulta difícil de leer aun para quienes llevan mucho tiempo familiarizados con el género.
La primera respuesta que se me ocurre es El libro del Sol Nuevo, pero precisamente por obvia me parece que merece consideración aparte. Entre otras cosas hay que tener en cuenta que Wolfe tiene fama de complicado y muchos lo leen pensando en eso, aunque, claro, habrá quien lo lea por primera vez sin tener noticias de su fama sino de la de sus libros. Personalmente me dio (y todavía me da) más dolor de cabeza La quinta cabeza de Cerbero, pero eso en cuanto a Wolfe.
En cuanto a otros autores, he tenido problemas con Greg Egan, aunque finalmente pude disfrutarlo. Si lo entendí es otra cosa. Y las primeras veces que leí Sterling también me sentí perdido, lo que me recuerda que nunca entendí el primer capítulo de Luz virtual de Gibson en inglés y no pude pasar de ahí. No podía saber qué estaba pasando. Cuando leí la novela en español entendí que no pasaba nada y que, al final, eso era lo interesante (fuck you, "The Luminous Flesh of Giants"!).
Lo que esos tres autores tienen en común es su "densidad", ya sea de prosa o de información, así que, imagino, estaba acomodándome a su lectura.
Hay muchas razones para que la lectura de un libro sea difícil, independientemente de que sea o no CF, y buena parte de ellas se relacionan de forma directa o indirecta con el gusto. En este caso me interesan los libros "difíciles", de esos que uno termina más por el reto, los que suponen dificultad por razones relacionadas con el hecho de ser CF: escenario, neologismos, tecnicismos, estructura, etc.
Algunos ejemplos que se me vienen a la mente no los he leído aún: Todos sobre Zanzíbar de John Brunner, A cabeza descalza de Brian Aldiss, Dhalgren de Samuel R. Delany; pero todos ellos los relaciono con experimentaciones formales que no son exclusivas de la ciencia ficción.
P.S. Acabo de recordar que también me perdí la primera vez que leí "Jinetes del salario púrpura" de Philip José Farmer y sólo hasta la segunda lectura entendí qué era lo que pasaba. Buena parte de la confusión se debía a que no había entendido que algunas de las descripciones no correspondían a escenas del cuento sino a las pinturas hechas por el protagonista.
Leyendo a Walton se me ocurre preguntar (puesto que la mayoría de comentaristas dan por sentado que una vez adquiridas las herramientas para leer ciencia ficción se puede dar cuenta de todo el género y que, después de eso, los únicos que tienen problemas para lidiar con la CF son los otros, es decir, los "no iniciados") cuál es la novela, el cuento, la saga (bueno, tal vez la saga mejor no) de CF que resulta difícil de leer aun para quienes llevan mucho tiempo familiarizados con el género.
La primera respuesta que se me ocurre es El libro del Sol Nuevo, pero precisamente por obvia me parece que merece consideración aparte. Entre otras cosas hay que tener en cuenta que Wolfe tiene fama de complicado y muchos lo leen pensando en eso, aunque, claro, habrá quien lo lea por primera vez sin tener noticias de su fama sino de la de sus libros. Personalmente me dio (y todavía me da) más dolor de cabeza La quinta cabeza de Cerbero, pero eso en cuanto a Wolfe.
En cuanto a otros autores, he tenido problemas con Greg Egan, aunque finalmente pude disfrutarlo. Si lo entendí es otra cosa. Y las primeras veces que leí Sterling también me sentí perdido, lo que me recuerda que nunca entendí el primer capítulo de Luz virtual de Gibson en inglés y no pude pasar de ahí. No podía saber qué estaba pasando. Cuando leí la novela en español entendí que no pasaba nada y que, al final, eso era lo interesante (fuck you, "The Luminous Flesh of Giants"!).
Lo que esos tres autores tienen en común es su "densidad", ya sea de prosa o de información, así que, imagino, estaba acomodándome a su lectura.
Hay muchas razones para que la lectura de un libro sea difícil, independientemente de que sea o no CF, y buena parte de ellas se relacionan de forma directa o indirecta con el gusto. En este caso me interesan los libros "difíciles", de esos que uno termina más por el reto, los que suponen dificultad por razones relacionadas con el hecho de ser CF: escenario, neologismos, tecnicismos, estructura, etc.
Algunos ejemplos que se me vienen a la mente no los he leído aún: Todos sobre Zanzíbar de John Brunner, A cabeza descalza de Brian Aldiss, Dhalgren de Samuel R. Delany; pero todos ellos los relaciono con experimentaciones formales que no son exclusivas de la ciencia ficción.
P.S. Acabo de recordar que también me perdí la primera vez que leí "Jinetes del salario púrpura" de Philip José Farmer y sólo hasta la segunda lectura entendí qué era lo que pasaba. Buena parte de la confusión se debía a que no había entendido que algunas de las descripciones no correspondían a escenas del cuento sino a las pinturas hechas por el protagonista.
Etiquetas:
aldiss,
brunner,
delany,
egan,
farmer,
gene wolfe,
gibson,
jo walton,
signo de interrogación,
sterling
miércoles, 20 de enero de 2010
Recomendación de la semana?
Bueno, no puedo dejar pasar la oportunidad para recomendar este ensayo de Jo Walton en su blog de tor. La verdad, me siento muy identificado con la postura de Jo, así haya algunos detalles con los que no me encuentro muy de acuerdo... por ejemplo, nunca he sentido que uno “aprenda” a leer CF, por supuesto, quizá yo mismo he seguido ese transito, y estoy tan ensimismado que no lo note :P.
Pero la idea general de Jo, es en la que estoy de acuerdo: cuando leo CF nunca la leo metafóricamente, salvo que la lectura sea explícitamente alegórica (como 1984 de George Orwell, que aún así es tiene ese "realismo" propio de la CF). Jo cree que el poder leer de esa forma, requiere mucha imaginación (aceptar como real lo que sabemos que no es). Personalmente, yo lo hago así porque no puedo leer de otra manera :P.
Como me gustan los posts de Jo ;)
Este obra de Salvador Arias está bajo una licencia Creative Commons Atribución-CompartirDerivadasIgual 3.0 Unported.
Etiquetas:
hipótesis,
jo walton,
recomendaciones,
signo de interrogación
sábado, 7 de noviembre de 2009
The Matrix Revis(it)ed
Leyendo una vieja reseña de The Matrix en Science Fiction Studies (bajar hasta “The E-Files”) me encontré lo siguiente (además de la apreciación de que es como “The Truman Show dirigido por John Woo”):
Como la ciencia ficción juega muchas veces a tomarse las cosas literalmente, me agradó lo que insinuaba el comentario, sobre todo por la utilización de una palabra como “exilio”, pues estrictamente no se puede decir que un prisionero sea alguien a quien se ha exiliado a una celda. Así, las máquinas ganan la guerra y los humanos sobrevivientes deben ocultarse en una ilusión de realidad virtual pues no les queda otro “lugar” a dónde ir. Enfrentados con la decisión entre sobrevivir en parte y ser exterminados del todo, ¿qué otra cosa pueden hacer? Si pensamos, siguiendo la extrapolación, que la tecnología humana ha sido suficiente para crear la inteligencia artificial pero no para salir al espacio, entonces veremos a la Tierra como un callejón sin salida para la humanidad.
Hace poco Jo Walton reseñaba en Tor.com la única novela del escritor William Tenn (Philip Klass), Of Men and Monsters, donde los humanos se ven confinados a vivir en las paredes de extraterrestres invasores, como si se tratara de ratones. En este caso pasaría algo semejante, sólo que no estaríamos hablando de las paredes de las casas de las máquinas sino de los intersticios de sus memorias ocupados por realidades virtuales, las cuales a fin de cuentas no necesitarían pues en la película eran la herramienta para esclavizar a los humanos. Con el tiempo las máquinas comienzan a “soñar” y, repetidamente, en sus sueños son humanas. Comienzan también a conocer el desconcierto, si es que acaso no lo conocían ya. La cosa puede tomar cualquier cantidad de caminos: ¿están de acuerdo los humanos con respecto al tipo de realidad que habitan?, ¿tienen algún poder para alterarla a voluntad y son todos ellos unos “elegidos”, según la premisa de la película, o están sometidos a la voluntad de unos pocos con el poder?, ¿qué interés pueden tener en volver a la realidad real, sobre todo si viven en una que podrían alterar a voluntad?,¿qué idea persiste de lo que significa ser o dejar de ser humano?, ¿de qué manera pueden combatir sin cuerpos a las máquinas en el mundo real?, ¿cómo se refleja en el mundo virtual la existencia de las máquinas?, etc.
The Matrix fue una película que en su momento disfruté mucho y por cuya salud narrativa temí cuando supe que iban a darle continuidad. Poco antes de la salida de The Matrix Reloaded había leído La caída de Hyperion de Dan Simmons y me parecía inevitable pensar que una buena manera de seguir presentando el conflicto podía inspirarse en la guerra entre la humanidad y el TecnoNúcleo, así que me puse a especular sobre qué clase de cosas me habría gustado que pasaran. Por supuesto, todo lo que me imaginé y que hoy ya no recuerdo fue mejor que lo que finalmente terminó pasando. La ruina de la historia fue tal que ahora no puedo pensar ni en la primera con respeto, algo que se repetiría luego con La guerra de las galaxias y hace menos tiempo con Indiana Jones. En los tres casos hice el ejercicio ocioso de imaginarme qué habría sido mejor (en el de Indiana Jones, deberían haberme comprado la historia que planeé cuando tenía como catorce años, titulada Indiana Jones en busca de la gallina ciega (tengo un cuaderno que sirve de prueba)). En el caso de The Matrix pensé incluso en algunos crossovers donde se revelaba que el nombre verdadero de Morfeo (es decir, el que tenía dentro de la Matriz, antes de que lo despertaran) era John Connor. Hoy simplemente repito el ejercicio por puro gusto, muchos años y yaparaqués más tarde. De pronto la idea le sirve a alguien de algo, así sea para desbaratarla.
Las inteligencias artificiales le declararon la guerra a los humanos a principios del siglo XXI y ganaron (¿eso no había pasado ya en Terminator?), exiliando a la humanidad a un mundo de ilusión virtual.Luego de lo cual el comentarista se pregunta para qué necesitan las máquinas a los humanos.
Como la ciencia ficción juega muchas veces a tomarse las cosas literalmente, me agradó lo que insinuaba el comentario, sobre todo por la utilización de una palabra como “exilio”, pues estrictamente no se puede decir que un prisionero sea alguien a quien se ha exiliado a una celda. Así, las máquinas ganan la guerra y los humanos sobrevivientes deben ocultarse en una ilusión de realidad virtual pues no les queda otro “lugar” a dónde ir. Enfrentados con la decisión entre sobrevivir en parte y ser exterminados del todo, ¿qué otra cosa pueden hacer? Si pensamos, siguiendo la extrapolación, que la tecnología humana ha sido suficiente para crear la inteligencia artificial pero no para salir al espacio, entonces veremos a la Tierra como un callejón sin salida para la humanidad.
Hace poco Jo Walton reseñaba en Tor.com la única novela del escritor William Tenn (Philip Klass), Of Men and Monsters, donde los humanos se ven confinados a vivir en las paredes de extraterrestres invasores, como si se tratara de ratones. En este caso pasaría algo semejante, sólo que no estaríamos hablando de las paredes de las casas de las máquinas sino de los intersticios de sus memorias ocupados por realidades virtuales, las cuales a fin de cuentas no necesitarían pues en la película eran la herramienta para esclavizar a los humanos. Con el tiempo las máquinas comienzan a “soñar” y, repetidamente, en sus sueños son humanas. Comienzan también a conocer el desconcierto, si es que acaso no lo conocían ya. La cosa puede tomar cualquier cantidad de caminos: ¿están de acuerdo los humanos con respecto al tipo de realidad que habitan?, ¿tienen algún poder para alterarla a voluntad y son todos ellos unos “elegidos”, según la premisa de la película, o están sometidos a la voluntad de unos pocos con el poder?, ¿qué interés pueden tener en volver a la realidad real, sobre todo si viven en una que podrían alterar a voluntad?,¿qué idea persiste de lo que significa ser o dejar de ser humano?, ¿de qué manera pueden combatir sin cuerpos a las máquinas en el mundo real?, ¿cómo se refleja en el mundo virtual la existencia de las máquinas?, etc.
The Matrix fue una película que en su momento disfruté mucho y por cuya salud narrativa temí cuando supe que iban a darle continuidad. Poco antes de la salida de The Matrix Reloaded había leído La caída de Hyperion de Dan Simmons y me parecía inevitable pensar que una buena manera de seguir presentando el conflicto podía inspirarse en la guerra entre la humanidad y el TecnoNúcleo, así que me puse a especular sobre qué clase de cosas me habría gustado que pasaran. Por supuesto, todo lo que me imaginé y que hoy ya no recuerdo fue mejor que lo que finalmente terminó pasando. La ruina de la historia fue tal que ahora no puedo pensar ni en la primera con respeto, algo que se repetiría luego con La guerra de las galaxias y hace menos tiempo con Indiana Jones. En los tres casos hice el ejercicio ocioso de imaginarme qué habría sido mejor (en el de Indiana Jones, deberían haberme comprado la historia que planeé cuando tenía como catorce años, titulada Indiana Jones en busca de la gallina ciega (tengo un cuaderno que sirve de prueba)). En el caso de The Matrix pensé incluso en algunos crossovers donde se revelaba que el nombre verdadero de Morfeo (es decir, el que tenía dentro de la Matriz, antes de que lo despertaran) era John Connor. Hoy simplemente repito el ejercicio por puro gusto, muchos años y yaparaqués más tarde. De pronto la idea le sirve a alguien de algo, así sea para desbaratarla.
Etiquetas:
clásicos,
hipótesis,
IA,
películas,
signo de interrogación,
taller de extrapolación
domingo, 11 de octubre de 2009
La fotografía que huye: Una filmografía steampunk
En Tor.com octubre es el mes del steampunk. Me parece que eso debería decirnos algo. ¿Es el steampunk un disfraz que se ponen otros géneros o es un género que ha existido siempre, tal vez desde la creación del mundo o la caída de Federico Barbarroja de su caballo, y que no hemos notado por los muchos disfraces que le gusta vestir? Es un gran misterio. Tan grande que aunque me atreviera a sondearlo seguro me enloquecería en los primeros centímetros de superficie, así que es mejor dejarlo de ese hondo.
Sin embargo, a manera de única temeridad, quiero presentar la siguiente filmografía de algunos clásicos del steampunk que aún esperan su merecido reconocimiento. Las razones de que no lo hayan recibido se me escapan y soy muy flojo para seguirlas. Tal vez (no soy tan flojo en cambio como para rechazar una especulación) no había llegado su hora y necesitaban permanecer ocultos, de acuerdo con la naturaleza truculenta del género que representan, o tal vez las fuerzas del mal que rigen el mundo y que habían silenciado (y diezmado, digámoslo de una vez) al steampunk y a sus representantes movieron cuanto hilo para postergar tal hora, no sin violencia ni conspiración, invirtiendo cantidades industriales de energía que no habrían podido conseguirse de otra manera que no fuera siendo parte del círculo interno.
Le Voyage dans la lune (1903)
A principios de siglo Georges Méliès se atrevió a imaginar una historia alterna en la que el hombre (los franceses, por lo menos) llegaba a la Luna antes de 1969. Como anticipación, en lo único que acertó fue en los colores.
The General (1926) y Steamboat Bill, Jr. (1928)
En estas películas uno de los personajes principales es una máquina de vapor.
Lo que el viento se llevó (1939)
Ucronía que combina la Guerra Civil de los Estados Unidos con zombis: pocos lo notan, pero los actores ya están muertos.
Alicia en el País de las Maravillas (1951)
Reflexión temprana sobre la psicodelia en un bidimensional XIX victoriano.
Oliver! (1968)
¿Qué pasaría si los personajes de Dickens cantaran y bailaran?
La naranja mecánica (1971)
Su título la delata.
They Might Be Giants (1971)
Aunque es más bien slipstream, se trata de una historia donde el protagonista canaliza a Sherlock Holmes y su psiquiatra al doctor Watson, en Nueva York.
Los imperdonables (1992)
Western en un mundo alterno donde los pistoleros llegan a viejos.
La señora Brown (1997)
Mundo alterno donde la reina Victoria tiene la cara de Judi Dench.
Amélie (2001)
Su sutil exploración de los temas steampunk podría valerle la exclusión apresurada de la filmografía canónica, pero, sin ir más lejos, sólo hay que recordar que el camino de los protagonistas se cruza una y otra vez en una estación de tren, y que hay muchas fotos, invento de ese siglo demente. También hay un gnomo burlón, un soldado que vuelve de la muerte, un caballo y música de acordeón. Por no hablar de que ocurre en París, que es como Londres pero en francés.
Sin embargo, a manera de única temeridad, quiero presentar la siguiente filmografía de algunos clásicos del steampunk que aún esperan su merecido reconocimiento. Las razones de que no lo hayan recibido se me escapan y soy muy flojo para seguirlas. Tal vez (no soy tan flojo en cambio como para rechazar una especulación) no había llegado su hora y necesitaban permanecer ocultos, de acuerdo con la naturaleza truculenta del género que representan, o tal vez las fuerzas del mal que rigen el mundo y que habían silenciado (y diezmado, digámoslo de una vez) al steampunk y a sus representantes movieron cuanto hilo para postergar tal hora, no sin violencia ni conspiración, invirtiendo cantidades industriales de energía que no habrían podido conseguirse de otra manera que no fuera siendo parte del círculo interno.
Le Voyage dans la lune (1903)
A principios de siglo Georges Méliès se atrevió a imaginar una historia alterna en la que el hombre (los franceses, por lo menos) llegaba a la Luna antes de 1969. Como anticipación, en lo único que acertó fue en los colores.
The General (1926) y Steamboat Bill, Jr. (1928)
En estas películas uno de los personajes principales es una máquina de vapor.
Lo que el viento se llevó (1939)
Ucronía que combina la Guerra Civil de los Estados Unidos con zombis: pocos lo notan, pero los actores ya están muertos.
Alicia en el País de las Maravillas (1951)
Reflexión temprana sobre la psicodelia en un bidimensional XIX victoriano.
Oliver! (1968)
¿Qué pasaría si los personajes de Dickens cantaran y bailaran?
La naranja mecánica (1971)
Su título la delata.
They Might Be Giants (1971)
Aunque es más bien slipstream, se trata de una historia donde el protagonista canaliza a Sherlock Holmes y su psiquiatra al doctor Watson, en Nueva York.
Los imperdonables (1992)
Western en un mundo alterno donde los pistoleros llegan a viejos.
La señora Brown (1997)
Mundo alterno donde la reina Victoria tiene la cara de Judi Dench.
Amélie (2001)
Su sutil exploración de los temas steampunk podría valerle la exclusión apresurada de la filmografía canónica, pero, sin ir más lejos, sólo hay que recordar que el camino de los protagonistas se cruza una y otra vez en una estación de tren, y que hay muchas fotos, invento de ese siglo demente. También hay un gnomo burlón, un soldado que vuelve de la muerte, un caballo y música de acordeón. Por no hablar de que ocurre en París, que es como Londres pero en francés.
Etiquetas:
animación,
clásicos,
listas,
películas,
recomendaciones,
signo de interrogación,
slipstream,
steampunk,
ucronía
martes, 19 de mayo de 2009
La muralla y la pared
Hay un cuentico de Kafka, de los de la serie de la Muralla China, en que el narrador, un pequeño albañil, se pregunta mientras construye si del otro lado alguien estará construyendo la otra mitad de la muralla o si se trata sólo de media muralla, una muralla de una sola pared que, como tal, cumple su función (¿defender, contener?) sólo para quienes están del lado construido.
Era cuestión de tiempo que, a propósito de la muerte de J.G. Ballard, se reavivara el debate de los límites entre la ciencia ficción y la mainstream. Ellen Datlow posteó en su blog un pequeño ensayo de Ursula Le Guin (aquí hay una versión más agradable a la vista) en el que critica al editor de Ballard en Estados Unidos por decir que ponerle la etiqueta de ciencia ficción a la obra de Ballard "es como decir que Un mundo feliz o 1984 son ciencia ficción". A lo que Le Guin responde:
Aunque estoy de acuerdo en términos generales con la discusión y la defensa, me reconozco ya aburrido y empiezo a preguntarme si esta clase de reacciones no son exageradas y no son producidas por un sentimiento que es el equivalente contrario de la mentalidad que en principio se quiere criticar. Tan solo los comentarios que aparecen en el post de Datlow sirven para argumentar que la cosa es puro resentimiento. Y, como dice Nick Mamatas en uno de ellos: "los muros de los ghettos están reforzados por los dos lados". ¿No será que estamos indignados de pensar que se nos contaminen Ballard, Dick, Le Guin, Vonnegut, etc. de esa otra clase de ficción? En el caso más específico del contexto gringo se puede pensar, incluso, que hay algo de molestia en el hecho de que autores que no asisten a las convenciones anuales tengan el descaro de escribir en un género que no les corresponde. Sin dejar de lado que, además de la indignación, hay un tufillo justiciero en estas reacciones ("¡Eso Ursula, duro contra ellos!"). Todo eso nos permite ver que en la etiqueta ciencia ficción hay connotaciones que no se restringen a lo literario. O, por ponerlo de otra manera, la mainstream puede aceptar a los autores y obras de ciencia ficción dentro de su cauce, pero ¿puede aceptar (y qué necesidad u obligación tendría) al fandom?
A propósito de lo cual vale la pena mencionar a John Crowley quien, en una entrevista reciente, llamó la atención sobre el hecho de que la palabra mainstream la usan sólo los escritores que están por fuera de ella: "Los escritores de la mainstream no usan la palabra... no saben que algo así existe".
Es un problema cuya solución no es fácil. Respaldo la crítica, legítima, que hace Le Guin al uso del término ciencia ficción como etiqueta negativa. Si vamos a tener etiquetas, si no podemos evitarlo, entonces que por lo menos nos ayuden a comprender mejor la literatura y su variedad y no a incomprenderla y a incompredernos. Donde creo que falla su argumento es en la utilización de la misma lógica que quiere criticar, sumada a las reacciones de quienes estamos —a la defensiva— de este lado del muro.
Es como decir que porque se le quita a una obra la etiqueta de ciencia ficción va a dejar de serlo o los seguidores del género ya no van a poder leerla.
Era cuestión de tiempo que, a propósito de la muerte de J.G. Ballard, se reavivara el debate de los límites entre la ciencia ficción y la mainstream. Ellen Datlow posteó en su blog un pequeño ensayo de Ursula Le Guin (aquí hay una versión más agradable a la vista) en el que critica al editor de Ballard en Estados Unidos por decir que ponerle la etiqueta de ciencia ficción a la obra de Ballard "es como decir que Un mundo feliz o 1984 son ciencia ficción". A lo que Le Guin responde:
Es como decir que Don Quijote es una novela.Y se deja venir luego con la consabida defensa del género:
Es como decir que El Señor de los Anillos es fantasía.
Es como decir que Utopía es una utopía.
Definir la ciencia ficción como una categoría puramente comercial de la ficción e inherentemente mala... supone decir que ninguna obra de ciencia ficción puede llegar a tener mérito literario y sostener que toda obra con mérito literario que recurre a los motivos de la ciencia ficción (sea Un mundo feliz, 1984, El cuento de la criada o la mayor parte de las obras de J.G. Ballard) no es ciencia ficción.Le faltó la extraña paradoja que supone el que una obra con mérito literario pueda dejar de tenerlo porque se le ponga una etiqueta. Eso sí que es magia. Pero, en fin. Ya al final, Le Guin dice:
Los editores, los críticos y las demás personas que utilizan [el término ciencia ficción] no como una descripción sino como un juicio negativo... están cometiendo una grave injusticia con la ciencia ficción que tiene valor literario y que ellos se niegan a reconocer como literatura, así como con la ciencia ficción que tiene valor literario y que se niegan a reconocer como ciencia ficción.Como diría Homero Simpson, esto se está poniendo abstracto. Pareciera que la polémica ya está cruzando límites de agotamiento (los mismos argumentos una y otra vez) y empieza a verse como una caricatura de sí misma.
Aunque estoy de acuerdo en términos generales con la discusión y la defensa, me reconozco ya aburrido y empiezo a preguntarme si esta clase de reacciones no son exageradas y no son producidas por un sentimiento que es el equivalente contrario de la mentalidad que en principio se quiere criticar. Tan solo los comentarios que aparecen en el post de Datlow sirven para argumentar que la cosa es puro resentimiento. Y, como dice Nick Mamatas en uno de ellos: "los muros de los ghettos están reforzados por los dos lados". ¿No será que estamos indignados de pensar que se nos contaminen Ballard, Dick, Le Guin, Vonnegut, etc. de esa otra clase de ficción? En el caso más específico del contexto gringo se puede pensar, incluso, que hay algo de molestia en el hecho de que autores que no asisten a las convenciones anuales tengan el descaro de escribir en un género que no les corresponde. Sin dejar de lado que, además de la indignación, hay un tufillo justiciero en estas reacciones ("¡Eso Ursula, duro contra ellos!"). Todo eso nos permite ver que en la etiqueta ciencia ficción hay connotaciones que no se restringen a lo literario. O, por ponerlo de otra manera, la mainstream puede aceptar a los autores y obras de ciencia ficción dentro de su cauce, pero ¿puede aceptar (y qué necesidad u obligación tendría) al fandom?
A propósito de lo cual vale la pena mencionar a John Crowley quien, en una entrevista reciente, llamó la atención sobre el hecho de que la palabra mainstream la usan sólo los escritores que están por fuera de ella: "Los escritores de la mainstream no usan la palabra... no saben que algo así existe".
Es un problema cuya solución no es fácil. Respaldo la crítica, legítima, que hace Le Guin al uso del término ciencia ficción como etiqueta negativa. Si vamos a tener etiquetas, si no podemos evitarlo, entonces que por lo menos nos ayuden a comprender mejor la literatura y su variedad y no a incomprenderla y a incompredernos. Donde creo que falla su argumento es en la utilización de la misma lógica que quiere criticar, sumada a las reacciones de quienes estamos —a la defensiva— de este lado del muro.
Es como decir que porque se le quita a una obra la etiqueta de ciencia ficción va a dejar de serlo o los seguidores del género ya no van a poder leerla.
Etiquetas:
ballard,
borderline SF,
le guin,
polémica,
signo de interrogación
lunes, 18 de mayo de 2009
En palabras de otros - J.G. Ballard (2): Las voces del tiempo
Revisando los cuentos de Ballard en busca de citas noté algo que tienen en común las primeras frases de casi todos ellos (o, por lo menos, un poco más de la mitad). La siguiente es la correspondiente antología cronológica (en orden de publicación).
La mañana, fétida e hinchada, se sofocaba a la luz del sol.
Charla de mediodía en la Calle Un Millón.
—"Concentration City" (1957)
Notas bajas en medio de la tarde.
—"Venus Smiles" (1957)
Durante los primeros días todo salió bien.
—"Manhole 69" (1957)
A medianoche, el dolor de cabeza de Madame Gioconda se tornó intenso.
—"The Sound-Sweep" (1960)
Larsen había esperado todo el día a que Bayliss, el psicólogo que vivía en la cabaña de al lado, lo llamara, tal como le había prometido la noche anterior.
—"Zone of Terror" (1960)
Su juicio había sido programado para el día siguiente.
—"Chronopolis" (1960)
Más tarde, Powers recordaría con frecuencia a Whitby y las extrañas marcas que el biólogo había hecho, aparentemente al azar, en el suelo de la piscina vacía.
—"The Voices of Time" (1960)
Todas las noches del verano, en Vermilion Sands, los poemas dementes de mi hermosa vecina atravesaban el desierto hacia mi casa desde Estudio 5, Las Estrellas, con sus madejas de cinta de colores rotas y deshechas sobre la arena como las hebras de una telaraña desgarrada.
—"Studio 5, The Stars" (1961)
Siempre dormían durante el día.
—"Deep End" (1961)
Todo el día, y muchas veces hasta las primeras horas de la mañana, los pasos resonaban arriba y abajo por las escaleras que quedaban junto al cubículo de Ward.
—"Billennium" (1961)
A mediodía, cuando el doctor Jamieson llegó a Londres, se encontró con que todas las entradas a la ciudad estaban cerradas desde las seis de la mañana.
—"The Gentle Assassin" (1961)
Al acercarse la noche, cuando la enorme sombra de la villa paladiana llenaba la terraza, el Conde Axel salió de su biblioteca y descendió por los amplios escalones de mármol en medio de las flores del tiempo.
—"The Garden of Time" (1962)
Abel lo sabía.
Tres meses antes, justo después de cumplir los dieciséis años, lo había adivinado, pero se sentía tan inseguro, tan abrumado por la lógica de su descubrimiento, que no se lo había dicho a sus padres.
—"Thirteen to Centaurus" (1962)
Era media hora después del amor del Nuevo Día en Zenit y los relojes marcaban el cielo.
—"Passport to Eternity" (1962)
Al atardecer, cuando el resplandor bermellón reflejado por las dunas en el horizonte iluminó las fachadas blancas de los hoteles abandonados, Bridgman salió al balcón y vio cómo la marea de sombras púrpura se filtraba por la extensa arena a medida que bajaba la temperatura.
—"The Cage of Sand" (1962)
El día siguiente, por alguna razón, hubo un aumento súbito en la actividad de las torres vigía.
—"The Watch-Towers" (1962)
Anoche una vez más, en el momento en que el aire del atardecer comenzaba a deslizarse por el desierto desde Lagoon West, escuché fragmentos de música, distantes y fugaces, que llegaban con las oleadas de calor: los ecos de la canción de amor de Lunora Goalen.
—"The Singing Statues" (1962)
Forbis había intentado todo el día llegar al piso 100.
—"The Man on the 99th Floor" (1962)
Avanzaron el día entero a un ritmo constante río arriba, haciendo paradas ocasionales para sacar la hélice y cortar las algas enredadas, y a las 3 de la tarde ya habían recorrido unas setenta y cinco millas.
—"A Question of Re-Entry" (1963)
En las noches, por lo general, mientras Traxel y Bridges conducían hacia el mar de arena, Shepley y el Viejo erraban por entre las derruídas tumbas de tiempo, oyéndolas resoplar débilmente bajo la luz moribunda a medida que recreaban sus pálidas imágenes, con las bóvedas de cristal destellando brevemente como copas gigantes.
—"The Time-Tombs" (1963)
En la noche, Mason volvió a escuchar al mar que se acercaba, el trueno sordo de las grandes olas que recorrían las calles cercanas.
—"Now Wakes the Sea" (1963)
Después de su juicio, Constantin recibió una casa de verano, un salario y un verdugo.
—"End-Game" (1963)
Todas las tardes del verano en Ciraquito jugábamos el juego de los biombos.
—"The Screen Game" (1963)
En la noche, dormido sobre el suelo del búnker en ruinas, Traven oyó las olas que chocaban contra la orilla de la laguna, como los sonidos de aeroplanos gigantescos calentándose al final de sus pistas.
—"The Terminal Beach" (1964)
De día, aves fantásticas atravesaban volando el bosque petrificado y caimanes enjoyados destelleban como salamandras heráldicas a la orilla de los ríos cristalizados.
—"The Illuminated Man" (1964)
Al finalizar el día, cuando el atardecer, denso de polvo, se posaba sobre los brazos y las depresiones de barro seco del delta, las serpientes salían a la playa.
—"The Delta at Sunset" (1964)
La mañana después de la tormenta el mar arrojó a la playa, a unas cinco millas al noroeste de la ciudad, el cuerpo de un gigante ahogado .
—"The Drowned Giant" (1964)
En Columbine Sept Heures siempre atardecía.
—"The Day of Forever" (1966)
Al amanecer, los cuerpos de los pájaros muertos resplandecían a la luz húmeda del pantano, con su plumaje gris como nubes caídas sobre las aguas quietas.
—"Storm-Bird, Storm-Dreamer" (1966)
Al anochecer, los vientos del tiempo soplaban sobre el Mar de los Sueños y los plateados restos del módulo de excursión eran visibles sobre la arena enjoyada desde la tienda en que Glanville se encontraba, al borde del arrecife.
—"Tomorrow is a Million Years" (1966)
Anoche una vez más, mientras el aire del atardecer se desplazaba por el desierto desde Vermilion Sands, pude ver el tenue estremecimiento de jarcias entre los arrecifes, un mastelero que se movía como un faro de plata a través de las agujas de roca.
—"Cry Hope, Cry Fury!" (1967)
La víspera del solsticio de verano, un pequeño circo llegó a la ciudad del país oriental donde me encontraba de vacaciones.
—"The Recognition" (1967)
Durante el verano, los escultores de nubes llegaban de Vermilion Sands y pilotaban sus planeadores pintados por encima de las torres de coral que se elevaban como pagodas blancas junto a la autopista que iba a Lagoon West.
—"The Cloud-Sculptors of Coral D" (1967)
La primera vez que oí algo sobre la misión, en el verano de 1968, hice todo lo que pude por rechazarla.
—"The Comsat Angels" (1968)
En el momento en que los últimos rastros de humo se elevaron del transporte de personal en llamas a través del aire húmedo del amanecer, el Mayor Pearson pudo ver el plateado dorso del río a trescientos metros de su puesto de mando en la colina.
—"The Killing Ground" (1969)
Durante las noches que pasaban juntos en el apartamento
—"Coitus 80" (1970)
Al despertar sintió que el concreto húmedo le cortaba el rostro y las muñecas.
—"Journey Across a Crater" (1970)
A medianoche escuché música que salía del club nocturno abandonado, en medio de las dunas de Lagoon West.
—"Say Goodbye to the Wind" (1970)
El descubrimiento en el año 2001 de un sistema efectivo para viajar en el tiempo tuvo una serie de repercusiones importantes, pero ninguna tan grande como en el campo de la televisión.
—"The Greatest Television Show on Earth" (1972)
Durante la primavera y el verano de 1980 un extraordinario rumor comenzó a agitar al mundo.
—"The Life and Death of God" (1976)
Ahora que una lógica de pesadilla ha tomado su curso, es difícil creer que mis amigos y yo pensáramos que llevar a Serena Cockayne a vivir conmigo en la casa de Chelsea era el más inocente de los caprichos.
—"The Smile" (1976)
En cuestión de minutos comenzará el siguiente ataque.
—"The Intensive Care Unit" (1977)
Después de trescientos años, ¿podría la guerra civil dividir de nuevo al Reino Unido?
—"Theatre of War" (1977)
Llegamos hace una hora, tras un vuelo increíble.
—"Having a Wonderful Time" (1978)
En las noches, descansando sobre el techo de la clínica abandonada, Franklin solía recordar a Trippett y la última vez que había conducido hacia el desierto con el astronauta moribundo y su hija.
—"News From the Sun" (1981)
Una mañana al despertar, B se sorprendió de descubrir que Shepperton estaba desierto.
—"The Autobiography of J.G.B." (1981)
El extraño piloto había sobrevolado todo el día el centro espacial abandonado en su avión antiguo, un artefacto desesperado perdido en el silencio de la Florida.
—"Memories of the Space Age" (1982)
Al caer la tarde, Sheppard seguía sentado en la cabina del avión varado en la playa, sin importarle que la marea nocturna se acercaba a él a través de la arena.
—"Myths of the Near Future" (1982)
Yo también fui una vez un astronauta.
—"The Man Who Walked on the Moon" (1985)
Ahora que la Tercera Guerra Mundial ha llegado tranquilamente a su fin, me siento libre para comentar dos aspectos notables de tan espantoso asunto.
—"The Secret History of World War 3" (1988)
Quien quiera que lea esta confesión en 1988, el año de mi nacimiento, se sorprenderá al descubrir que me quejo de cosas que en todo aspecto pareceríanser paradisíacas
—"Love in a Colder Climate" (1989)
Esta mañana tomé la decisión... poco después de las ocho en punto, de pie frente a la puerta y cuando estaba listo para conducir hacia la oficina.
—"The Enormous Space" (1989)
Ryan soñó por primera vez con un cese al fuego durante la batalla por el Hilton de Beirut.
—"War Fever" (1989)
La conclusión exitosa de la misión a Marte organizada por la NASA en el 2008, marcada por el aterrizaje sin contratiempos del vehículo espacial Zeus IV en la Base Edwards de la Fuerza Aérea en California, significó un enorme triunfo para la agencia.
—"The Message from Mars" (1992)
Tras un prolongadísimo viaje, finalmente hemos aterrizado en este planeta distante, listos para llevar a cabo nuestra misión de rescate.
—"Report from an Obscure Planet" (1992)
Han pasado tres años desde la caída de la Torre de Pisa, pero sólo hasta ahora puedo aceptar el papel decisivo que tuve en la destrucción de ese monumento único.
—"The Dying Fall" (1996)
domingo, 22 de marzo de 2009
Lo obvio y lo obtuso
Hay veces en que el entusiasmo, o alguna distracción por el estilo, no nos deja darnos cuenta en el momento de algo que después, en boca de otro, se ve tremendamente (y vergonzosamente) obvio. Por ejemplo:
Si mucho no me desmemorio, Un mago fue el primer libro de Le Guin que leí. Me voy a excusar diciendo que entonces no era tan atento. Pero la verdad es que no creo que lo haya sido alguna vez y creo que a estas alturas de la vida todavía se me pasan cosas por el estilo.
Prueba (sí, cómo no) de que la verosimilitud en la ficción se beneficia más de lectores desatentos que de autores diligentes.
Aunque admitamos que los autores deban poner límites a las habilidades de sus magos con el fin de controlar las posibilidades de conflicto, es evidente que aquí tenemos una gran inconsistencia. Que Kargad sea un pueblo dedicado a la conquista con medios meramente físicos en un mundo de magos parece, como mínimo, arriesgado; que Gont, terreno propicio para el crecimiento de magos, sólo tenga a un cuidador de cabras precoz para defenderla suena improbable.Eso es de James Cawthorn y/o Michael Moorcock en el libro Fantasy: The Best 100 Books, a propósito de Un mago de Terramar de Ursula K. Le Guin.
Si mucho no me desmemorio, Un mago fue el primer libro de Le Guin que leí. Me voy a excusar diciendo que entonces no era tan atento. Pero la verdad es que no creo que lo haya sido alguna vez y creo que a estas alturas de la vida todavía se me pasan cosas por el estilo.
Prueba (sí, cómo no) de que la verosimilitud en la ficción se beneficia más de lectores desatentos que de autores diligentes.
domingo, 26 de octubre de 2008
Tintedshades: Una hipótesis steampunk
El steampunk de hoy, el que se multiplica con nuestra falta de interés, es una nostalgia al cuadrado por un pasado no tan remoto. Ya de por sí nostálgico hace más de veinte años, al elegir escenarios, personajes, tramas de siglos anteriores, hoy es nostálgico porque quiere revivir una sensación que originalmente le fue contemporánea y que se ha ido diluyendo.
En el principio, poco antes y poco después de recibir su nombre, el steampunk era una rama de la literatura fantástica que tenía más bien poco que ver con vapor y con el punk, más bien con anacronismo, conspiraciones, historias secretas que podían ser historias alternas, multitud de tramas entremezcladas con multitud de personajes y estilos, por lo general tomados directa y descaradamente de otras fuentes literarias, y con un ritmo apenas apropiado para articular todo eso sin perder al lector. Pero de un momento a otro apareció vestido de armadura, rodeado de corazas y erizado de chimeneas, sufriendo, al igual que su primo hermano mayor, el cyberpunk, de una interpretación demasiado literal de su nombre.
Cuando el steampunk todavía no chasqueaba y silbaba ese trabajo le correspondía al cyberpunk, aunque en su versión más simplificada: el límite entre humano y máquina se cruzaba pero no se desdibujaba, los dos se fusionaban pero siempre había algo que se encargaba de recordar que la fusión no era natural o, por lo menos, que era imposible ignorarla: la personalidad convertida en software se enloquecía, los ojos, las uñas, los brazos prostéticos fallaban o dolían o entristecían a su dueño por lo que significaban o no llegaban a significar. Si bien nada de eso fue invento del cyberpunk, pues antecedentes había, remontándose, por ejemplo, a 1952 con Limbo de Bernard Wolfe o a la década de los setenta con Crash (1973) de J.G. Ballard y la obra de John Varley, pasando por Nova (1968) de Delany, en los ochenta le correspondió darle un nuevo giro a ese compendio de temas, problematizándolos de otra manera y de paso popularizándolos. Por razones relacionadas con el estado de las cosas y el espíritu de los tiempos, encontraron en ese momento y público la atención necesaria.
Pero fue esa misma atención la que hizo que el cyberpunk pasara de especulación o propuesta a finalidad. Con el tiempo, parte del mundo comenzó a parecerse más y más a lo que se había imaginado, no porque los autores fueran profetas o adivinos sino porque la identificación con el género permitía seguir un mismo camino. Poco después tuvimos dos cyberpunks: el que quería seguir fiel a sus raíces y al imaginario propuesto en Bladerunner (y que es, por lo general, el que podemos ver en el cine) y el que había crecido a la par con la bola que había echado a rodar y que había ido adoptando nuevas ideas y reflexiones de la ciencia y la tecnología, conservando del original el humor, la actitud, más que sus imágenes o motivos. Afortunada o desafortunadamente no tenía nombre, así que simplemente se decidió que era otra cosa o, si acaso, una manifestación renovada de la original. Pero en ella, o con ella o a partir de ella, el límite violento entre lo humano y la máquina comenzó a desdibujarse: la biología quiso reemplazar a la cibernética, la interacción con el artefacto se hizo más íntima, la inteligencia artificial más cercana. Las inquietudes, obviamente, pasaron a ser otras, tal vez nuevas versiones, pero, en cuestión de impacto y trauma, diferentes.
Allí es donde vuelve a entrar el steampunk. Una vez convertido en una rama de la ciencia ficción (al menos en apariencia) pasó a ser el espacio para representar de nuevo, y de forma convincente, el choque en el límite imposible entre humano y máquina. La máquina de vapor es la máquina por excelencia, que aspira a ser entendida e interpretada como tal y no como una versión incipiente de un organismo en camino a la evolución, y por ello es imposible (con)fundirla con lo humano: siempre habrá una superficie, un brillo, un sonido que nos recuerde su presencia, a lo cual también contribuye su tamaño irreductible. A través del steampunk podemos mantener la tecnología a raya, o crear una ilusión de que es así. En ese sentido, aunque parezca una celebración de la fusión, el steampunk de hoy sería más ludita que tecnófilo.
En el principio, poco antes y poco después de recibir su nombre, el steampunk era una rama de la literatura fantástica que tenía más bien poco que ver con vapor y con el punk, más bien con anacronismo, conspiraciones, historias secretas que podían ser historias alternas, multitud de tramas entremezcladas con multitud de personajes y estilos, por lo general tomados directa y descaradamente de otras fuentes literarias, y con un ritmo apenas apropiado para articular todo eso sin perder al lector. Pero de un momento a otro apareció vestido de armadura, rodeado de corazas y erizado de chimeneas, sufriendo, al igual que su primo hermano mayor, el cyberpunk, de una interpretación demasiado literal de su nombre.
Cuando el steampunk todavía no chasqueaba y silbaba ese trabajo le correspondía al cyberpunk, aunque en su versión más simplificada: el límite entre humano y máquina se cruzaba pero no se desdibujaba, los dos se fusionaban pero siempre había algo que se encargaba de recordar que la fusión no era natural o, por lo menos, que era imposible ignorarla: la personalidad convertida en software se enloquecía, los ojos, las uñas, los brazos prostéticos fallaban o dolían o entristecían a su dueño por lo que significaban o no llegaban a significar. Si bien nada de eso fue invento del cyberpunk, pues antecedentes había, remontándose, por ejemplo, a 1952 con Limbo de Bernard Wolfe o a la década de los setenta con Crash (1973) de J.G. Ballard y la obra de John Varley, pasando por Nova (1968) de Delany, en los ochenta le correspondió darle un nuevo giro a ese compendio de temas, problematizándolos de otra manera y de paso popularizándolos. Por razones relacionadas con el estado de las cosas y el espíritu de los tiempos, encontraron en ese momento y público la atención necesaria.
Pero fue esa misma atención la que hizo que el cyberpunk pasara de especulación o propuesta a finalidad. Con el tiempo, parte del mundo comenzó a parecerse más y más a lo que se había imaginado, no porque los autores fueran profetas o adivinos sino porque la identificación con el género permitía seguir un mismo camino. Poco después tuvimos dos cyberpunks: el que quería seguir fiel a sus raíces y al imaginario propuesto en Bladerunner (y que es, por lo general, el que podemos ver en el cine) y el que había crecido a la par con la bola que había echado a rodar y que había ido adoptando nuevas ideas y reflexiones de la ciencia y la tecnología, conservando del original el humor, la actitud, más que sus imágenes o motivos. Afortunada o desafortunadamente no tenía nombre, así que simplemente se decidió que era otra cosa o, si acaso, una manifestación renovada de la original. Pero en ella, o con ella o a partir de ella, el límite violento entre lo humano y la máquina comenzó a desdibujarse: la biología quiso reemplazar a la cibernética, la interacción con el artefacto se hizo más íntima, la inteligencia artificial más cercana. Las inquietudes, obviamente, pasaron a ser otras, tal vez nuevas versiones, pero, en cuestión de impacto y trauma, diferentes.
Allí es donde vuelve a entrar el steampunk. Una vez convertido en una rama de la ciencia ficción (al menos en apariencia) pasó a ser el espacio para representar de nuevo, y de forma convincente, el choque en el límite imposible entre humano y máquina. La máquina de vapor es la máquina por excelencia, que aspira a ser entendida e interpretada como tal y no como una versión incipiente de un organismo en camino a la evolución, y por ello es imposible (con)fundirla con lo humano: siempre habrá una superficie, un brillo, un sonido que nos recuerde su presencia, a lo cual también contribuye su tamaño irreductible. A través del steampunk podemos mantener la tecnología a raya, o crear una ilusión de que es así. En ese sentido, aunque parezca una celebración de la fusión, el steampunk de hoy sería más ludita que tecnófilo.
Etiquetas:
cyberpunk,
hipótesis,
signo de interrogación,
steampunk
domingo, 19 de octubre de 2008
Novela corta, novela más corta y novela tan corta que es cuento
Esta es una nota que me he demorado en subir. Lo mejor habría sido ponerla en la época en que estábamos discutiendo los nominados a los Nebula y los Hugo, como para que no quedara flotando en medio del limbo, pero habiéndose pasado el momento es mejor ponerla ahora para dejar en claro un detalle:
Cuando hablamos de los nominados hablamos de tres categorías distintas de ficción que en inglés se conocen como novella, novelette y short story. Al traducirlas de alguna manera decidimos, por acuerdo tácito, denominarlas novela corta, noveleta y cuento, de las cuales la primera y la tercera no tienen ningún problema; pero la de la mitad, la noveleta, no sólo prácticamente no existe, en el sentido de que es una palabra que (todavía) no se encuentra en un diccionario de español, sino que nos presenta una forma que, no siendo ni lo uno ni lo otro, no sabemos exactamente qué es o qué puede ser.¿Qué hay entre el cuento y la novela corta? Una respuesta puede ser el cuento largo, pero eso ya es forzar demasiado. Por el momento, hablar de noveleta, un nombre que no existe para algo que no existe, es una comodidad más que nada.
En fin. Una forma de entender mejor la distinción que hacen los gringos es guiarse por las reglas de los premios Nebula, donde se establece la extensión límite para cada categoría, en palabras, claro, aunque en mi planeta sigo contando por páginas. La cosa queda así:
Hasta las 7500 palabras es un cuento.
La noveleta está entre 7500 y 17.500.
La novela corta entre 17.500 y 40.000 palabras.
Por encima de 40.000 es una novela.
Pueden hacer el ejercicio con el contador de palabras del Word.
P.D. Las reglas de los Hugo establecen exactamente las mismas extensiones.
Cuando hablamos de los nominados hablamos de tres categorías distintas de ficción que en inglés se conocen como novella, novelette y short story. Al traducirlas de alguna manera decidimos, por acuerdo tácito, denominarlas novela corta, noveleta y cuento, de las cuales la primera y la tercera no tienen ningún problema; pero la de la mitad, la noveleta, no sólo prácticamente no existe, en el sentido de que es una palabra que (todavía) no se encuentra en un diccionario de español, sino que nos presenta una forma que, no siendo ni lo uno ni lo otro, no sabemos exactamente qué es o qué puede ser.¿Qué hay entre el cuento y la novela corta? Una respuesta puede ser el cuento largo, pero eso ya es forzar demasiado. Por el momento, hablar de noveleta, un nombre que no existe para algo que no existe, es una comodidad más que nada.
En fin. Una forma de entender mejor la distinción que hacen los gringos es guiarse por las reglas de los premios Nebula, donde se establece la extensión límite para cada categoría, en palabras, claro, aunque en mi planeta sigo contando por páginas. La cosa queda así:
Hasta las 7500 palabras es un cuento.
La noveleta está entre 7500 y 17.500.
La novela corta entre 17.500 y 40.000 palabras.
Por encima de 40.000 es una novela.
Pueden hacer el ejercicio con el contador de palabras del Word.
P.D. Las reglas de los Hugo establecen exactamente las mismas extensiones.
viernes, 3 de octubre de 2008
Marte rojo en TV?
Marte rojo, la fantástica novela de Kim Staley Robinson, y para mi una de las mejores de la CF sería adaptada en TV... Bueno, eso dicen los de Noticias de ciencia ficción me emocionaría más de no ser porque el guionista y productor es el tal Jonathan Hensleigh, cuyo prontuario incluye Armagedon, el Santo y Jumanji... :-S.
Este obra de Salvador Arias está bajo una licencia Creative Commons Atribución-CompartirDerivadasIgual 3.0 Unported.
Etiquetas:
clásicos,
películas,
series,
signo de interrogación
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


