miércoles, 4 de julio de 2012

Prometeo (2012) - Dir. Ridley Scott

La expedición científica de la nave Prometeo parece indecisa: no sabe muy bien si busca el porqué o el cómo de la existencia humana. Lo que encuentra a cambio, después de un par de días metida en una versión de algún video de Tool, no es un porqué sino muchos, pero todos en el desconcierto de los espectadores de su historia.

Sin embargo, si Prometeo, la película, tiene algún mérito (dejando de lado la fotografía y la dirección de arte, en las que Ridley Scott suele ser bastante pulcro), es el de permitir un ejercicio de definición de la ciencia ficción: el hecho de que resultara decepcionante provocó que buena parte de las reacciones negativas se centrara en listar las “fallas” de coherencia, o de cierta forma de coherencia, cuyo cumplimiento podría servir para caracterizar al género como una forma del realismo. Me permito un miquelbarceloísmo y remito, como ilustración, a la reseña de Howard Waldrop y Lawrence Person en Locus. Tales fallas confirman la existencia de unos protocolos propios de la ciencia ficción, ya sea que estén tácitamente definidos o no, y, de acuerdo con el razonamiento que se indigna por su ausencia, un texto satisfactorio (literario, cinematográfico o de otra clase) debe cumplirlos o al menos reconocerlos. De ese modo, si bien la película “funciona” como suspenso, fracasa como ciencia ficción.

Aunque estoy de acuerdo con esa crítica, considero que la mayor falla de Prometeo está en su incapacidad para sacar provecho de temas e ideas de la ciencia ficción que son importantes para hacer de una aventura en la superficie de otro planeta algo más que una persecución con cascos y lucecitas y algo que se mueve de una forma extraña; temas e ideas que aquí aparecen como lanzados al azar dentro de la narración, tal vez para generar la ilusión de que en efecto se cumplía con los protocolos. Una vez más es posible utilizar la película y establecer lo que puede ser o hacer la ciencia ficción. La búsqueda de los orígenes de la humanidad, el encuentro con otra forma de vida, el encuentro con otra forma de inteligencia (eufemismo entusiasta), la inteligencia artificial (honestamente, nada que no se hubiera hecho ya en 1968), la fe, la inmortalidad: todos están allí, pero aparte de la lista que así lo verifica no hay mucho que hacer con ellos. Y como si la falta de reflexión al respecto no bastara, las pocas explicaciones que se dan, si bien especulaciones de personajes desesperados (y resulta preferible verlas así a creer que en efecto son lo que está en el fondo de todo), resultan insulsas, sin mucha imaginación, humanas, demasiado humanas, y por tanto capaces de rebajar lo que tal vez habría sido más interesante como simple misterio. Luego de ver a los personajes evadir el tentáculo o ser alcanzados por él, poco o nada nos queda de la película, aparte del saborcito de la adrenalina por tribulaciones ajenas y fingidas, que por eso mismo se disipa más bien rápido.

En la tradición de la ciencia ficción religiosa (si podemos llamarla así) se distinguen dos vertientes: una en la que lo trascendental/sobrenatural se ve objetivado, es decir, figura de forma real en el relato y así se problematiza (por ejemplo, El señor de la luz, de Roger Zelazny, o El cálculo de Dios, de Robert J. Sawyer (que a la vez servirían para ilustrar dos versiones de esta categoría: o bien, por evolución o por tecnología, los humanos o algún otro ser alcanzan el carácter de divinidad, al menos en cuanto a su casi omnipotencia sobre la realidad, o bien la existencia del ser sobrenatural antecede a la de la humanidad o la del universo)), y otra en la que la discusión se centra en la religión como fenómeno humano y se analiza sociológica o antropológicamente, con independencia de la existencia empírica o no de la divinidad (Cuna de gato, de Kurt Vonnegut, o Duna, de Frank Herbert (aunque puede argumentarse que Duna está en la línea entre una categoría y la otra (resulta increíble que dos novelas tan distintas puedan encontrarse en la misma clasificación))).

En Prometeo, que tiene un pie en cada una pero ninguno con firmeza, las implicaciones del descubrimiento nunca parecen afectar a la protagonista, extrañamente el único personaje con alguna forma de fe, pues a pesar de que se entiende que la verdad sobre el origen de la humanidad es algo trascendental para ella, se encuentra tan conflictuada estando conflictuada (supervivencia, esterilidad, novio, obstinación, etc.) que no da cabida una reflexión medianamente racional y detenida, desligada del reflejo ante la persistencia destructora (por voraz, por viral) de lo que la rodea. ¿Qué pasa por la cabeza de una científica católica cuando descubre que la humanidad en efecto ha sido creada, pero no por Dios? ¿Cómo concilia esa comprobación con su creencia en la vida después de la muerte, que se presenta como uno de los pilares de su fe? En otras palabras: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?

“Esto es lo que elijo creer”, responde comodina la protagonista en algún momento, y esas palabras prácticamente sirven como justificación, digo, valoración de la película misma. Otros han preferido una aceptación panorámica y celebran la “expansión del universo de Alien”, aunque esa sea una maniobra que distrae la mirada hacia lo que está o va a estar por fuera de la película e implica el reconocimiento de que algo falta. Un optimismo relativo y sospechoso. Seguramente Scott, director poco afecto a las secuelas (o que hasta ahora lo era), no está interesado en dar continuidad a las ideas y responder a las preguntas que formuló con Prometeo, así que esa tarea va a quedar en otras manos; si más o menos capaces, ya veremos. De cualquier manera, la primera película de la saga de Alien “expandió” su universo como ninguna y lo que vino a continuación, si bien tuvo elementos interesantes, fue bastante desigual y en muchas ocasiones pobre. Para la muestra una precuela. Q.E.D.

Calificación: tres babitas asesinas.