Bernardo Fernández, BEF, no toma café y pide una Pony Malta. Saca cinco libros y los deja sobre la mesa: tres ejemplares de La calavera de cristal, novela gráfica que ilustró a partir de un guión de Juan Villoro, y dos de Espiral, su “cómic recursivo”. Aprovecho que uno de estos no tiene plástico y lo ojeo. “Pensé que era una autoedición”, le confieso. Hasta el momento sólo lo había visto por fuera y aparte de su nombre, el título del libro y las encomilladas celebraciones de la contraportada no hay más datos externos. “No, es de Alfaguara, sólo que el tonto del diseñador no pudo poner el logo aquí atrás. Yo quería que se supiera que era de Alfaguara, claro”. Pero antes de eso agrega (mi sic): “A esta edad uno ya no puede autoeditarse. Hace años era punk y sacaba mis fanzines”.
Nosotros traemos nuestros ejemplares de Espiral. Guarda los suyos mientras nos pregunta dónde y cómo los conseguimos, y a medida que le describimos la vuelta, incluyendo el temor de que no llegaran antes de que él se fuera del país, y que todavía estamos esperando unas copias de Gel azul, y que no fue posible encontrar Hielo negro a un precio decente, medio agranda sus ojos pequeñitos. “Pues me hubieran dicho y yo los traía”, trata de resolver, pero ni modos; para esas analepsis, la (ciencia) ficción.
Firma los libros con un Sharpie negro y la cabeza un poco ladeada, como si viera con un solo ojo o estuviera copiando de algún lugar el dibujo con que acompaña cada autógrafo. Hace robots y una especie de mostro ojón de boca pequeña. Un BEM dibujado por BEF. Le encargamos un robot para la dedicatoria del libro que nos vamos a quedar y le hablamos de nuestra colección en la librería. Él nos cuenta que también los colecciona y que tiene muchos (“más de 70 robots de juguete”, condenada biografiita). Los que han visto los nuestros pueden reírse. Pero entonces se niega a dedicarnos uno de nuestros cuatro libros y en cambio vuelve a sacar uno de los suyos: “Por lo menos déjenme regalárselo”, dice. “¿Cuánto te tomó terminar Espiral?”, le pregunta Sonia Naranjo, que está tomándose un tinto. Sonia hizo el contacto de inmediato cuando se lo dijimos la misma tarde del martes, el último día de BEF en Bogotá. “Un año”, dice él, pausadito, como en todo momento, concentrado en el dibujo. “Sólo me tomó veinte años, pero lo logré: una novela gráfica”, se lee en el epílogo del libro. No ha tocado su Pony ni siquiera para quitarle la tapa. Sonia le pregunta si quiere descansar un momento de firmar. “No, yo feliz”, responde él frunciendo un poco los hombros.
“Con Pepe Rojo estamos preparando una antología”, dice luego, cuando ya ha terminado y estamos hablando de ciencia ficción. “Se llama 25 minutos en el futuro y reúne cuentos de autores norteamericanos que no han sido traducidos al español”. Los cuentos, no los autores. Me llama la atención que diga norteamericanos. Imagino que incluso hay mexicanos, pero cuando da algunos de los nombres entiendo a qué se refiere: gringos ellos y un par de canadianos (mi sic). Está bien. A México siempre lo preferiremos de este lado de la América. Entre los nombres están Margaret Atwood, Terry Bisson, Eileen Gunn y Bruce Sterling. “Qué bien”, me emociono. Justo hace un par de semanas terminé de leer una novela de Sterling y pude recordar lo mucho que me gusta. Debe notarse: “¿Te gusta Bruce?”, dice. “Bruce es amigo mío”. Y para confirmarlo, subrayarlo, saca su smartphone y nos muestra unas fotos. “Esto fue en una cena en mi casa”. Hay un grupo de personas en una sala de paredes rojas de las que cuelga un par de diagramas de Astroboy. Sterling está en el centro, su esposa Jasmina es la única sentada, y a los lados están BEF y algunos amigos mexicanos de los que va dando nombres y una pequeña acotación: “escritor de ciencia ficción, escritora de fantasía”. Le cuento que esperaba conocer a Sterling hace cuatro años, cuando estuvo invitado al Encuentro Fractal 09, pero no pudo venir y en cambio mandó un video. Lo mismo que a Lucius Shepard, que entonces tuvo problemas de salud y por estos días justamente se está recuperando en el hospital de una apoplejía. “Lucius también es amigo mío”, sonríe. Diría que lo está disfrutando. “Es un gordo como de 1,90. Cuando estuvo en México lo llevé a conocer el mercado de Sonora y estaba fascinado con las calaveras. Pero daba dos pasos y se quedaba sin aire”.
“La ciencia ficción en Estados Unidos no está pasando por un buen momento”. Al principio creo que se refiere a la calidad o a su propia versión de la muerte del género, pero antes de que alcance a llevar la conversación por ese lado agrega: “Si le dices a un autor que vas a traducir uno de sus cuentos, te lo agradece”. Mientras habla juguetea con su perilla canosa y rectangular. “Para la antología hicimos las traducciones nosotros mismos. Traducciones al mexa. Sólo uno de los cuentos estaba en español, el de Bisson, ‘Los osos descubren el fuego’, pero en una traducción españoleta. Si no son traducciones españolas, son argentinas, y no queríamos eso”. Terminamos hablando de ciencia ficción colombiana. Le contamos de las peripecias para conseguir los títulos y la sensación consecuente de estar buscando fragmentos de algo sin nombre en un paisaje todavía sin forma. Bueno, no fue tan elaborada la cosa durante la conversación, aunque esa es la sensación. “Pero la mejor novela de ciencia ficción latinoamericana que he leído es colombiana: Iménez, de Luis Noriega”, celebra, y luego: “Deberían rescatar a Rebetez”. Le pregunto si en México es posible conseguir números de Crononauta, la revista que Rebetez editó. Dice que no. Obviamente, dice su cara. Pero luego nos cuenta que un amigo suyo está en la tarea de digitalizarla.
Nos despedimos en la puerta del Oma. “También soy amigo de Rudy Rucker”, dice sonriente, por alguna razón distraída, mientras salimos. Shepard y Rucker están incluidos en la antología. Su vuelo sale temprano en la mañana del miércoles. Esa tarde Angélica me llama mientras peleo contra casi trescientas líneas sobre formas alternativas de generar energía en el Chocó. “Llegaron los Gel azul”, me dice.
miércoles, 9 de octubre de 2013
domingo, 15 de julio de 2012
Las 101 mejores novelas de ciencia ficción, 1985-2010
Veintisiete años después de que David Pringle publicara Las 100 mejores novelas de ciencia ficción, Paul di Filippo y Damien Broderick adoptan la idea y para darle continuidad presentan Science Fiction: The Best 101 Novels 1985-2010.
Tristemente no tengo el libro en mis manos, así que la siguiente es apenas una comparación superficial de dos listas, con algunas observaciones, caprichosas en su intención pero más bien objetivas en su simpleza. La lista de Pringle se puede ver aquí, y la lista de Di Filippo y Broderick es esta (incluyo los títulos en español hasta donde me fue posible confirmar que existían traducciones; es posible que no haya encontrado algunos, así que agradezco cualquier dato al respecto; el asterisco indica que hay traducción pero el título en los dos idiomas es el mismo) (son libres de echar a rodar memes; ya saben: poseídos, leídos, etc.):
1. El cuento de la criada [The Handmaid’s Tale] (1985), Margaret Atwood
2. El juego de Ender [Ender’s Game] (1985), Orson Scott Card
3. Radio Libre Albemut [Radio Free Albemuth] (1985), Philip K. Dick
4. El eterno regreso a casa [Always Coming Home] (1985), Ursula K. Le Guin
5. This Is the Way the World Ends (1985), James Morrow
6. Galápagos* (1985), Kurt Vonnegut
7. La mujer que caía [The Falling Woman] (1986), Pat Murphy
8. The Shore of Women (1986), Pamela Sargent
9. A Door into Ocean (1986), Joan Slonczewski
10. Soldiers of Paradise (1987), Paul Park
11. Life During Wartime (1987), Lucius Shepard
12. Las torres del olvido [The Sea and Summer] (1987), George Turner
13. Cyteen* (1988), C. J. Cherryh
14. Neverness* (1988), David Zindell
15. The Steerswoman (1989), Rosemary Kirstein
16. Hierba [Grass] (1989), Sheri S. Tepper
17. El uso de las armas [Use of Weapons] (1990), Iain M. Banks
18. Reina de los ángeles [Queen of Angels] (1990), Greg Bear
19. Barrayar* (1991), Lois McMaster Bujold
20. Synners (1991), Pat Cadigan
21. Sarah Canary (1991), Karen Joy Fowler
22. White Queen (1991), Gwyneth Jones
23. Eternal Light (1991), Paul McAuley
24. Estaciones de la marea [Stations of the Tide] (1991), Michael Swanwick
25. Timelike Infinity (1992), Stephen Baxter
26. Chicas muertas [Dead Girls] (1992), Richard Calder
27. Jumper* (1992), Steven Gould
28. China Mountain Zhang* (1992), Maureen McHugh
29. Marte rojo [Red Mars] (1992), Kim Stanley Robinson
30. Un fuego sobre el abismo [A Fire Upon the Deep] (1992), Vernor Vinge
31. Aristoi (1992), Walter Jon Williams
32. El libro del día del juicio final [Doomsday Book] (1992), Connie Willis
33. Parable of the Sower (1993), Octavia E. Butler
34. Ammonite (1993), Nicola Griffith
35. Chimera (1993), Mary Rosenblum
36. Nocturno del sol largo [Nightside the Long Sun] (1993), Gene Wolfe
37. Jugadas decisivas [Brittle Innings] (1994), Michael Bishop
38. Ciudad Permutación [Permutation City] (1994), Greg Egan
39. Blood (1994), Michael Moorcock
40. Mother of Storms (1995), John Barnes
41. Navegante de la luminosa eternidad [Sailing Bright Eternity] (1995), Gregory Benford
42. Galatea 2.2* (1995), Richard Powers
43. La era del diamante [The Diamond Age] (1995), Neal Stephenson
44. The Transmigration of Souls (1996), William Barton
45. The Fortunate Fall (1996), Raphael Carter
46. Rakhat [The Sparrow]/Children of God (1996/1998), Mary Doria Russell
47. Fuego sagrado [Holy Fire] (1996), Bruce Sterling
48. Lámpara de noche [Night Lamp] (1996), Jack Vance
49. La Compañía del Tiempo [In the Garden of Iden] (1997), Kage Baker
50. Paz interminable [Forever Peace] (1997), Joe Haldeman
51. Glimmering (1997), Elizabeth Hand
52. Cuando Alice se subió a la mesa [As She Climbed Across the Table] (1997), Jonathan Lethem
53. The Cassini Division (1998), Ken MacLeod
54. Bloom (1998), Wil McCarthy
55. Vast (1998), Linda Nagata
56. El globo de oro [The Golden Globe] (1998), John Varley
57. Headlong (1999), Simon Ings
58. Cave of Stars (1999), George Zebrowski
59. Génesis [Genesis] (2000), Poul Anderson
60. Super-Cannes* (2000), J. G. Ballard
61. Bajo la piel [Under the Skin] (2000), Michel Faber
62. La estación de la calle Perdido [Perdido Street Station] (2000), China Miéville
63. Distance Haze (2000), Jamil Nasir
64. Trilogía de Espacio revelación (Espacio revelación, El arca de la redención, El desfiladero de la absolución) [Revelation Space, Redemption Ark, Absolution Gap] (2000-2002), Alastair Reynolds
65. Salt (2000), Adam Roberts
66. Ventus (2001), Karl Schroeder
67. The Cassandra Complex (2001), Brian Stableford
68. Luz [Light] (2002), M. John Harrison
69. Carbono alterado [Altered Carbon] (2002), Richard Morgan
70. El último día de la guerra [The Separation] (2002), Christopher Priest
71. La Edad de Oro [The Golden Age] (2002), John C. Wright
72. La mujer del viajero del tiempo [The Time Traveler’s Wife] (2003), Audrey Niffenegger
73. Historia natural [Natural History] (2003), Justina Robson
74. La clave del laberinto/Las lanzas de Dios [The Labyrinth Key/Spears of God] (2003), Howard V. Hendrix
75. El río de los dioses [River of Gods] (2004), Ian McDonald
76. La conjura contra América [The Plot Against America] (2004), Philip Roth
77. Nunca me abandones [Never Let Me Go] (2005), Kazuo Ishiguro
78. The House of Storms (2005), Ian R. MacLeod
79. Counting Heads (2005), David Marusek
80. Aire [Air] (2005), Geoff Ryman
81. Accelerando* (2005), Charles Stross
82. Spin* (2005), Robert Charles Wilson
83. My Dirty Little Book of Stolen Time (2006), Liz Jensen
84. La carretera [The Road] (2006), Cormac McCarthy
85. El dragón de Su Majestad [Temeraire/His Majesty’s Dragon] (2006), Naomi Novik
86. Visión ciega [Blindsight] (2006), Peter Watts
87. HARM (2007), Brian W. Aldiss
88. El sindicato de policía yiddish [The Yiddish Policemen’s Union] (2007), Michael Chabon
89. The Secret City (2007), Carol Emshwiller
90. En tiempos de guerra [In War Times] (2007), Kathleen Ann Goonan
91. Postsingular (2007), Rudy Rucker
92. Shadow of the Scorpion (2008), Neal L. Asher
93. Trilogía de Los juegos del hambre (Los juegos del hambre, En llamas, Sinsajo) [The Hunger Games, Catching Fire, Mockingjay] (2008-2010), Suzanne Collins
94. Pequeño hermano [Little Brother] (2008), Cory Doctorow
95. The Alchemy of Stone (2008), Ekaterina Sedia
96. La chica mecánica [The Windup Girl] (2009), Paolo Bacigalupi
97. Steal Across the Sky (2009), Nancy Kress
98. Boneshaker* (2009), Cherie Priest
99. Zoo City (2010), Lauren Beukes
100. Historia cero [Zero History] (2010), William Gibson
101. The Quantum Thief (2010), Hannu Rajaniemi
(Por alguna razón en la que mejor no me detengo, todos los vínculos llevan a reseñas escritas por Salvador.)
Así como Pringle presentó su lista como una posible definición de la ciencia ficción (tautología astuta), la enumeración hecha por Di Filippo y Broderick es un panorama bastante completo de las últimas tres décadas del género, por lo menos hasta donde puede verse. Por eso, alegra mucho encontrar a los grandes clásicos que Pringle no pudo incluir por cuestiones obvias de ignorancia del viaje en el tiempo, como Marte rojo o La era del diamante, por nombrar sólo un par, así como a autores que en 1985 apenas comenzaban a publicar o a llamar la atención de la crítica, como Lucius Shepard o Geoff Ryman.
Dato curioso: en 1985 Pringle abrió su lista con 1984 de George Orwell y la cerró con Neuromante de William Gibson (una novela de 1984). Además, en el prólogo lamentó no poder incluir Cismatrix de Bruce Sterling, por considerar que la cuenta estaba completa y cerrada. En esta ocasión, Di Filippo y Broderick también abren su lista con una distopía, El cuento de la criada, de Margaret Atwood, y como novela número 100 escogen una vez más una de William Gibson. La 101 es una ópera espacial posthumana (The Quantum Thief), justamente el género al que pertenece la de Sterling. Se podría pensar que la coincidencia es mera premeditación, sin embargo los autores esta vez hicieron más trampa y, si contamos bien, en realidad no enumeran 101 novelas, sino 107: un par de dípticos (Russell y Hendrix) y un par de trilogías (Reynolds y Collins) se cuentan como un solo volumen. En la selección de Pringle sólo había tres títulos de más disimulados: un díptico (Sladek) y una trilogía (Moorcock). (No cuento El libro del Sol Nuevo de Wolfe ni Cyteen de Cherryh, pues no se trata de series sino de novelas que fueron publicadas en varios volúmenes).
Con su selección, Pringle identificó a 1953 como uno de los grandes años para el género, cuando se publicaron ocho de las novelas de su lista (El hombre demolido, Fahrenheit 451, El fin de la infancia, Los hombres paradójicos, Lo que el tiempo se llevó, Mercaderes del espacio, Un anillo alrededor del Sol y Más que humano). Todas ellas clásicas, muchas definitivas. En Locus se discutió hace relativamente poco sobre otros años que pudieran competir por el título (vale la pena comparar todas las listas), y entre los más recientes, es decir, dentro del rango cubierto por Di Filippo y Broderick, se contaba 1992, que, en efecto, aparece también con ocho títulos en la nueva selección (Timelike Infinity, Chicas muertas, Jumper, China Mountain Zhang, Marte rojo, Un fuego sobre el abismo, Aristoi y El libro del día del juicio final). De 1992 es Snow Crash, considerada un clásico, pero fuera de la lista porque de Neal Stephenson los editores prefirieron incluir La era del diamante.
Ahora, mientras que Pringle no tuvo problema al incluir varios autores con más de un título (Dick, 6; Ballard, 4; Aldiss, Disch y Heinlein, 3 cada uno; Bester, Bradbury, Budrys, Disch, Clarke, Le Guin, Shaw, Simak, Sturgeon, Vonnegut, Watson, Wolfe (Gene) y Wyndham, 2 cada uno; Moorcock, 2 que son 4 (véase más arriba), y Pohl, uno y medio), con lo que 100 (103) novelas corresponden en realidad a 71 escritores, Di Filippo y Broderick se imponen que sólo haya un título por autor. Si en efecto las listas deben leerse como una panorámica del género en sus correspondientes periodos, la conclusión obvia es que entre 1949 y 1984 la representatividad estuvo en muchísimas menos manos. Pero, por supuesto, negar la intervención de los editores es capricho, por no decir que torpeza; aunque Pringle admitiera que ciertas inclusiones las hacía más bien de mala gana, como una forma de mantener el equilibrio (no sé si algo parecido ocurre con los otros dos), el resultado seguía siendo su idea de lo que es la ciencia ficción (en el prólogo sugiere un par de definiciones ajenas (Darko Suvin y Peter Nicholls), pero no se compromete abiertamente con ninguna). La diferencia, sin embargo, vuelve a ser significativa si se tiene en cuenta que el primer periodo es 10 años más largo que el segundo.
Cabe entonces llamar la atención sobre la superposición entre las listas. Aunque Di Filippo y Broderick no incluyen más de una obra por autor, se permiten incluir obras de autores que Pringle ya había escogido: Aldiss, Anderson, Ballard, Benford, Bishop, Butler, Dick, Gibson, Harrison (M. John), Le Guin, Moorcock, Priest, Stableford, Varley, Vonnegut y Wolfe (Gene), muchos de ellos con más de un título en la lista original, vuelven a aparecer, lo que casi equivale a una confirmación de su relevancia (y en efecto), pero también reduce el número total: 156 escritores para 210 novelas en 62 años.
En cambio, Jack Vance, una de las grandes omisiones de Pringle, sí tiene cabida en la nueva lista, mientras que entre las sorprendentes omisiones recientes basta mencionar Hyperion de Dan Simmons (no niego algo de satisfacción), como lamentar, de la misma manera que lo hizo Moorcock en el prólogo al libro de 1985, que por su naturaleza quedaran excluidos los maestros de los cuentos, como Ellison y Tiptree originalmente, y Kelly, Chiang o el mismo Di Filippo en la actualidad, desconociendo, como ya es tradición, la importancia definitiva de las formas cortas para la historia del género.
La participación de obras escritas por mujeres es mayor (32, contra ocho en Pringle), si bien no se cumple aún la esperanza de Moorcock: que la segunda vez que se hiciera el ejercicio ese porcentaje fuera la mitad. Paralelamente, no se cumple en lo absoluto la misma esperanza aplicada a obras escritas por personas negras o de una raza distinta a la blanca, aunque por lo menos esta vez el número de autores de países distintos a Estados Unidos o el Reino Unido aumenta, entre canadienses y australianos, con la presencia de una sudafricana (Beukes) y un finlandés (Rajaniemi).
Por último, en cuanto a temas o escenarios (en ciencia ficción muchas veces coinciden) aumenta la ópera espacial, aumentan el cyberpunk y sus postversiones, así como las posthumanidades que suelen estar en un punto de encuentro entre una y otro. Aumentan asimismo las inteligencias artificiales y las historias alternas (en una entrevista a propósito del nuevo libro, Di Filippo dice que “el tema dominante de gran parte de esta CF es ‘¿qué significa ser humano?’”). Además, hay varios títulos misteriosos de fantasía, aunque disfrazados de steampunk (¿y en qué momento el steampunk se volvió definitivamente ciencia ficción?) u otra forma de historia alterna: Beukes, Bishop, Kirstein, MacLeod (Ian), Miéville, Murphy, Novik, Priest (Cherie) y Sedia.
En la misma entrevista, Broderick no puede resistirse a la polémica convencional y suelta una de esas afirmaciones que si no calentaran tanto los ánimos fanáticos darían lugar a conversaciones interesantes:
Tristemente no tengo el libro en mis manos, así que la siguiente es apenas una comparación superficial de dos listas, con algunas observaciones, caprichosas en su intención pero más bien objetivas en su simpleza. La lista de Pringle se puede ver aquí, y la lista de Di Filippo y Broderick es esta (incluyo los títulos en español hasta donde me fue posible confirmar que existían traducciones; es posible que no haya encontrado algunos, así que agradezco cualquier dato al respecto; el asterisco indica que hay traducción pero el título en los dos idiomas es el mismo) (son libres de echar a rodar memes; ya saben: poseídos, leídos, etc.):
1. El cuento de la criada [The Handmaid’s Tale] (1985), Margaret Atwood
2. El juego de Ender [Ender’s Game] (1985), Orson Scott Card
3. Radio Libre Albemut [Radio Free Albemuth] (1985), Philip K. Dick
4. El eterno regreso a casa [Always Coming Home] (1985), Ursula K. Le Guin
5. This Is the Way the World Ends (1985), James Morrow
6. Galápagos* (1985), Kurt Vonnegut
7. La mujer que caía [The Falling Woman] (1986), Pat Murphy
8. The Shore of Women (1986), Pamela Sargent
9. A Door into Ocean (1986), Joan Slonczewski
10. Soldiers of Paradise (1987), Paul Park
11. Life During Wartime (1987), Lucius Shepard
12. Las torres del olvido [The Sea and Summer] (1987), George Turner
13. Cyteen* (1988), C. J. Cherryh
14. Neverness* (1988), David Zindell
15. The Steerswoman (1989), Rosemary Kirstein
16. Hierba [Grass] (1989), Sheri S. Tepper
17. El uso de las armas [Use of Weapons] (1990), Iain M. Banks
18. Reina de los ángeles [Queen of Angels] (1990), Greg Bear
19. Barrayar* (1991), Lois McMaster Bujold
20. Synners (1991), Pat Cadigan
21. Sarah Canary (1991), Karen Joy Fowler
22. White Queen (1991), Gwyneth Jones
23. Eternal Light (1991), Paul McAuley
24. Estaciones de la marea [Stations of the Tide] (1991), Michael Swanwick
25. Timelike Infinity (1992), Stephen Baxter
26. Chicas muertas [Dead Girls] (1992), Richard Calder
27. Jumper* (1992), Steven Gould
28. China Mountain Zhang* (1992), Maureen McHugh
29. Marte rojo [Red Mars] (1992), Kim Stanley Robinson
30. Un fuego sobre el abismo [A Fire Upon the Deep] (1992), Vernor Vinge
31. Aristoi (1992), Walter Jon Williams
32. El libro del día del juicio final [Doomsday Book] (1992), Connie Willis
33. Parable of the Sower (1993), Octavia E. Butler
34. Ammonite (1993), Nicola Griffith
35. Chimera (1993), Mary Rosenblum
36. Nocturno del sol largo [Nightside the Long Sun] (1993), Gene Wolfe
37. Jugadas decisivas [Brittle Innings] (1994), Michael Bishop
38. Ciudad Permutación [Permutation City] (1994), Greg Egan
39. Blood (1994), Michael Moorcock
40. Mother of Storms (1995), John Barnes
41. Navegante de la luminosa eternidad [Sailing Bright Eternity] (1995), Gregory Benford
42. Galatea 2.2* (1995), Richard Powers
43. La era del diamante [The Diamond Age] (1995), Neal Stephenson
44. The Transmigration of Souls (1996), William Barton
45. The Fortunate Fall (1996), Raphael Carter
46. Rakhat [The Sparrow]/Children of God (1996/1998), Mary Doria Russell
47. Fuego sagrado [Holy Fire] (1996), Bruce Sterling
48. Lámpara de noche [Night Lamp] (1996), Jack Vance
49. La Compañía del Tiempo [In the Garden of Iden] (1997), Kage Baker
50. Paz interminable [Forever Peace] (1997), Joe Haldeman
51. Glimmering (1997), Elizabeth Hand
52. Cuando Alice se subió a la mesa [As She Climbed Across the Table] (1997), Jonathan Lethem
53. The Cassini Division (1998), Ken MacLeod
54. Bloom (1998), Wil McCarthy
55. Vast (1998), Linda Nagata
56. El globo de oro [The Golden Globe] (1998), John Varley
57. Headlong (1999), Simon Ings
58. Cave of Stars (1999), George Zebrowski
59. Génesis [Genesis] (2000), Poul Anderson
60. Super-Cannes* (2000), J. G. Ballard
61. Bajo la piel [Under the Skin] (2000), Michel Faber
62. La estación de la calle Perdido [Perdido Street Station] (2000), China Miéville
63. Distance Haze (2000), Jamil Nasir
64. Trilogía de Espacio revelación (Espacio revelación, El arca de la redención, El desfiladero de la absolución) [Revelation Space, Redemption Ark, Absolution Gap] (2000-2002), Alastair Reynolds
65. Salt (2000), Adam Roberts
66. Ventus (2001), Karl Schroeder
67. The Cassandra Complex (2001), Brian Stableford
68. Luz [Light] (2002), M. John Harrison
69. Carbono alterado [Altered Carbon] (2002), Richard Morgan
70. El último día de la guerra [The Separation] (2002), Christopher Priest
71. La Edad de Oro [The Golden Age] (2002), John C. Wright
72. La mujer del viajero del tiempo [The Time Traveler’s Wife] (2003), Audrey Niffenegger
73. Historia natural [Natural History] (2003), Justina Robson
74. La clave del laberinto/Las lanzas de Dios [The Labyrinth Key/Spears of God] (2003), Howard V. Hendrix
75. El río de los dioses [River of Gods] (2004), Ian McDonald
76. La conjura contra América [The Plot Against America] (2004), Philip Roth
77. Nunca me abandones [Never Let Me Go] (2005), Kazuo Ishiguro
78. The House of Storms (2005), Ian R. MacLeod
79. Counting Heads (2005), David Marusek
80. Aire [Air] (2005), Geoff Ryman
81. Accelerando* (2005), Charles Stross
82. Spin* (2005), Robert Charles Wilson
83. My Dirty Little Book of Stolen Time (2006), Liz Jensen
84. La carretera [The Road] (2006), Cormac McCarthy
85. El dragón de Su Majestad [Temeraire/His Majesty’s Dragon] (2006), Naomi Novik
86. Visión ciega [Blindsight] (2006), Peter Watts
87. HARM (2007), Brian W. Aldiss
88. El sindicato de policía yiddish [The Yiddish Policemen’s Union] (2007), Michael Chabon
89. The Secret City (2007), Carol Emshwiller
90. En tiempos de guerra [In War Times] (2007), Kathleen Ann Goonan
91. Postsingular (2007), Rudy Rucker
92. Shadow of the Scorpion (2008), Neal L. Asher
93. Trilogía de Los juegos del hambre (Los juegos del hambre, En llamas, Sinsajo) [The Hunger Games, Catching Fire, Mockingjay] (2008-2010), Suzanne Collins
94. Pequeño hermano [Little Brother] (2008), Cory Doctorow
95. The Alchemy of Stone (2008), Ekaterina Sedia
96. La chica mecánica [The Windup Girl] (2009), Paolo Bacigalupi
97. Steal Across the Sky (2009), Nancy Kress
98. Boneshaker* (2009), Cherie Priest
99. Zoo City (2010), Lauren Beukes
100. Historia cero [Zero History] (2010), William Gibson
101. The Quantum Thief (2010), Hannu Rajaniemi
(Por alguna razón en la que mejor no me detengo, todos los vínculos llevan a reseñas escritas por Salvador.)
Así como Pringle presentó su lista como una posible definición de la ciencia ficción (tautología astuta), la enumeración hecha por Di Filippo y Broderick es un panorama bastante completo de las últimas tres décadas del género, por lo menos hasta donde puede verse. Por eso, alegra mucho encontrar a los grandes clásicos que Pringle no pudo incluir por cuestiones obvias de ignorancia del viaje en el tiempo, como Marte rojo o La era del diamante, por nombrar sólo un par, así como a autores que en 1985 apenas comenzaban a publicar o a llamar la atención de la crítica, como Lucius Shepard o Geoff Ryman.
Dato curioso: en 1985 Pringle abrió su lista con 1984 de George Orwell y la cerró con Neuromante de William Gibson (una novela de 1984). Además, en el prólogo lamentó no poder incluir Cismatrix de Bruce Sterling, por considerar que la cuenta estaba completa y cerrada. En esta ocasión, Di Filippo y Broderick también abren su lista con una distopía, El cuento de la criada, de Margaret Atwood, y como novela número 100 escogen una vez más una de William Gibson. La 101 es una ópera espacial posthumana (The Quantum Thief), justamente el género al que pertenece la de Sterling. Se podría pensar que la coincidencia es mera premeditación, sin embargo los autores esta vez hicieron más trampa y, si contamos bien, en realidad no enumeran 101 novelas, sino 107: un par de dípticos (Russell y Hendrix) y un par de trilogías (Reynolds y Collins) se cuentan como un solo volumen. En la selección de Pringle sólo había tres títulos de más disimulados: un díptico (Sladek) y una trilogía (Moorcock). (No cuento El libro del Sol Nuevo de Wolfe ni Cyteen de Cherryh, pues no se trata de series sino de novelas que fueron publicadas en varios volúmenes).
Con su selección, Pringle identificó a 1953 como uno de los grandes años para el género, cuando se publicaron ocho de las novelas de su lista (El hombre demolido, Fahrenheit 451, El fin de la infancia, Los hombres paradójicos, Lo que el tiempo se llevó, Mercaderes del espacio, Un anillo alrededor del Sol y Más que humano). Todas ellas clásicas, muchas definitivas. En Locus se discutió hace relativamente poco sobre otros años que pudieran competir por el título (vale la pena comparar todas las listas), y entre los más recientes, es decir, dentro del rango cubierto por Di Filippo y Broderick, se contaba 1992, que, en efecto, aparece también con ocho títulos en la nueva selección (Timelike Infinity, Chicas muertas, Jumper, China Mountain Zhang, Marte rojo, Un fuego sobre el abismo, Aristoi y El libro del día del juicio final). De 1992 es Snow Crash, considerada un clásico, pero fuera de la lista porque de Neal Stephenson los editores prefirieron incluir La era del diamante.
Ahora, mientras que Pringle no tuvo problema al incluir varios autores con más de un título (Dick, 6; Ballard, 4; Aldiss, Disch y Heinlein, 3 cada uno; Bester, Bradbury, Budrys, Disch, Clarke, Le Guin, Shaw, Simak, Sturgeon, Vonnegut, Watson, Wolfe (Gene) y Wyndham, 2 cada uno; Moorcock, 2 que son 4 (véase más arriba), y Pohl, uno y medio), con lo que 100 (103) novelas corresponden en realidad a 71 escritores, Di Filippo y Broderick se imponen que sólo haya un título por autor. Si en efecto las listas deben leerse como una panorámica del género en sus correspondientes periodos, la conclusión obvia es que entre 1949 y 1984 la representatividad estuvo en muchísimas menos manos. Pero, por supuesto, negar la intervención de los editores es capricho, por no decir que torpeza; aunque Pringle admitiera que ciertas inclusiones las hacía más bien de mala gana, como una forma de mantener el equilibrio (no sé si algo parecido ocurre con los otros dos), el resultado seguía siendo su idea de lo que es la ciencia ficción (en el prólogo sugiere un par de definiciones ajenas (Darko Suvin y Peter Nicholls), pero no se compromete abiertamente con ninguna). La diferencia, sin embargo, vuelve a ser significativa si se tiene en cuenta que el primer periodo es 10 años más largo que el segundo.
Cabe entonces llamar la atención sobre la superposición entre las listas. Aunque Di Filippo y Broderick no incluyen más de una obra por autor, se permiten incluir obras de autores que Pringle ya había escogido: Aldiss, Anderson, Ballard, Benford, Bishop, Butler, Dick, Gibson, Harrison (M. John), Le Guin, Moorcock, Priest, Stableford, Varley, Vonnegut y Wolfe (Gene), muchos de ellos con más de un título en la lista original, vuelven a aparecer, lo que casi equivale a una confirmación de su relevancia (y en efecto), pero también reduce el número total: 156 escritores para 210 novelas en 62 años.
En cambio, Jack Vance, una de las grandes omisiones de Pringle, sí tiene cabida en la nueva lista, mientras que entre las sorprendentes omisiones recientes basta mencionar Hyperion de Dan Simmons (no niego algo de satisfacción), como lamentar, de la misma manera que lo hizo Moorcock en el prólogo al libro de 1985, que por su naturaleza quedaran excluidos los maestros de los cuentos, como Ellison y Tiptree originalmente, y Kelly, Chiang o el mismo Di Filippo en la actualidad, desconociendo, como ya es tradición, la importancia definitiva de las formas cortas para la historia del género.
La participación de obras escritas por mujeres es mayor (32, contra ocho en Pringle), si bien no se cumple aún la esperanza de Moorcock: que la segunda vez que se hiciera el ejercicio ese porcentaje fuera la mitad. Paralelamente, no se cumple en lo absoluto la misma esperanza aplicada a obras escritas por personas negras o de una raza distinta a la blanca, aunque por lo menos esta vez el número de autores de países distintos a Estados Unidos o el Reino Unido aumenta, entre canadienses y australianos, con la presencia de una sudafricana (Beukes) y un finlandés (Rajaniemi).
Por último, en cuanto a temas o escenarios (en ciencia ficción muchas veces coinciden) aumenta la ópera espacial, aumentan el cyberpunk y sus postversiones, así como las posthumanidades que suelen estar en un punto de encuentro entre una y otro. Aumentan asimismo las inteligencias artificiales y las historias alternas (en una entrevista a propósito del nuevo libro, Di Filippo dice que “el tema dominante de gran parte de esta CF es ‘¿qué significa ser humano?’”). Además, hay varios títulos misteriosos de fantasía, aunque disfrazados de steampunk (¿y en qué momento el steampunk se volvió definitivamente ciencia ficción?) u otra forma de historia alterna: Beukes, Bishop, Kirstein, MacLeod (Ian), Miéville, Murphy, Novik, Priest (Cherie) y Sedia.
En la misma entrevista, Broderick no puede resistirse a la polémica convencional y suelta una de esas afirmaciones que si no calentaran tanto los ánimos fanáticos darían lugar a conversaciones interesantes:
Podría decirse que en esos 26 años se publicó más ciencia ficción madura que en el resto del siglo XX. No una tan definitivamente innovadora como la de los cuarenta y los cincuenta, cuando la mayor parte de la iconografía del género como creación imaginativa tomó forma, pero con una técnica y una profundidad tan enriquecidas que casi todos los escritores noveles empiezan hoy con un dominio más alto que el logrado por la mayoría de los escritores clásicos de la Edad de Oro. A pesar de que las regordetas trilogías fantásticas y los vampiros resplandecientes y los zombis tambaleantes anegan el mercado, el último cuarto de siglo ha sido la verdadera Edad de Oro de la ciencia ficción.
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miércoles, 4 de julio de 2012
Prometeo (2012) - Dir. Ridley Scott
La expedición científica de la nave Prometeo parece indecisa: no sabe muy bien si busca el porqué o el cómo de la existencia humana. Lo que encuentra a cambio, después de un par de días metida en una versión de algún video de Tool, no es un porqué sino muchos, pero todos en el desconcierto de los espectadores de su historia.
Sin embargo, si Prometeo, la película, tiene algún mérito (dejando de lado la fotografía y la dirección de arte, en las que Ridley Scott suele ser bastante pulcro), es el de permitir un ejercicio de definición de la ciencia ficción: el hecho de que resultara decepcionante provocó que buena parte de las reacciones negativas se centrara en listar las “fallas” de coherencia, o de cierta forma de coherencia, cuyo cumplimiento podría servir para caracterizar al género como una forma del realismo. Me permito un miquelbarceloísmo y remito, como ilustración, a la reseña de Howard Waldrop y Lawrence Person en Locus. Tales fallas confirman la existencia de unos protocolos propios de la ciencia ficción, ya sea que estén tácitamente definidos o no, y, de acuerdo con el razonamiento que se indigna por su ausencia, un texto satisfactorio (literario, cinematográfico o de otra clase) debe cumplirlos o al menos reconocerlos. De ese modo, si bien la película “funciona” como suspenso, fracasa como ciencia ficción.
Aunque estoy de acuerdo con esa crítica, considero que la mayor falla de Prometeo está en su incapacidad para sacar provecho de temas e ideas de la ciencia ficción que son importantes para hacer de una aventura en la superficie de otro planeta algo más que una persecución con cascos y lucecitas y algo que se mueve de una forma extraña; temas e ideas que aquí aparecen como lanzados al azar dentro de la narración, tal vez para generar la ilusión de que en efecto se cumplía con los protocolos. Una vez más es posible utilizar la película y establecer lo que puede ser o hacer la ciencia ficción. La búsqueda de los orígenes de la humanidad, el encuentro con otra forma de vida, el encuentro con otra forma de inteligencia (eufemismo entusiasta), la inteligencia artificial (honestamente, nada que no se hubiera hecho ya en 1968), la fe, la inmortalidad: todos están allí, pero aparte de la lista que así lo verifica no hay mucho que hacer con ellos. Y como si la falta de reflexión al respecto no bastara, las pocas explicaciones que se dan, si bien especulaciones de personajes desesperados (y resulta preferible verlas así a creer que en efecto son lo que está en el fondo de todo), resultan insulsas, sin mucha imaginación, humanas, demasiado humanas, y por tanto capaces de rebajar lo que tal vez habría sido más interesante como simple misterio. Luego de ver a los personajes evadir el tentáculo o ser alcanzados por él, poco o nada nos queda de la película, aparte del saborcito de la adrenalina por tribulaciones ajenas y fingidas, que por eso mismo se disipa más bien rápido.
En la tradición de la ciencia ficción religiosa (si podemos llamarla así) se distinguen dos vertientes: una en la que lo trascendental/sobrenatural se ve objetivado, es decir, figura de forma real en el relato y así se problematiza (por ejemplo, El señor de la luz, de Roger Zelazny, o El cálculo de Dios, de Robert J. Sawyer (que a la vez servirían para ilustrar dos versiones de esta categoría: o bien, por evolución o por tecnología, los humanos o algún otro ser alcanzan el carácter de divinidad, al menos en cuanto a su casi omnipotencia sobre la realidad, o bien la existencia del ser sobrenatural antecede a la de la humanidad o la del universo)), y otra en la que la discusión se centra en la religión como fenómeno humano y se analiza sociológica o antropológicamente, con independencia de la existencia empírica o no de la divinidad (Cuna de gato, de Kurt Vonnegut, o Duna, de Frank Herbert (aunque puede argumentarse que Duna está en la línea entre una categoría y la otra (resulta increíble que dos novelas tan distintas puedan encontrarse en la misma clasificación))).
En Prometeo, que tiene un pie en cada una pero ninguno con firmeza, las implicaciones del descubrimiento nunca parecen afectar a la protagonista, extrañamente el único personaje con alguna forma de fe, pues a pesar de que se entiende que la verdad sobre el origen de la humanidad es algo trascendental para ella, se encuentra tan conflictuada estando conflictuada (supervivencia, esterilidad, novio, obstinación, etc.) que no da cabida una reflexión medianamente racional y detenida, desligada del reflejo ante la persistencia destructora (por voraz, por viral) de lo que la rodea. ¿Qué pasa por la cabeza de una científica católica cuando descubre que la humanidad en efecto ha sido creada, pero no por Dios? ¿Cómo concilia esa comprobación con su creencia en la vida después de la muerte, que se presenta como uno de los pilares de su fe? En otras palabras: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?
“Esto es lo que elijo creer”, responde comodina la protagonista en algún momento, y esas palabras prácticamente sirven como justificación, digo, valoración de la película misma. Otros han preferido una aceptación panorámica y celebran la “expansión del universo de Alien”, aunque esa sea una maniobra que distrae la mirada hacia lo que está o va a estar por fuera de la película e implica el reconocimiento de que algo falta. Un optimismo relativo y sospechoso. Seguramente Scott, director poco afecto a las secuelas (o que hasta ahora lo era), no está interesado en dar continuidad a las ideas y responder a las preguntas que formuló con Prometeo, así que esa tarea va a quedar en otras manos; si más o menos capaces, ya veremos. De cualquier manera, la primera película de la saga de Alien “expandió” su universo como ninguna y lo que vino a continuación, si bien tuvo elementos interesantes, fue bastante desigual y en muchas ocasiones pobre. Para la muestra una precuela. Q.E.D.
Calificación: tres babitas asesinas.
Sin embargo, si Prometeo, la película, tiene algún mérito (dejando de lado la fotografía y la dirección de arte, en las que Ridley Scott suele ser bastante pulcro), es el de permitir un ejercicio de definición de la ciencia ficción: el hecho de que resultara decepcionante provocó que buena parte de las reacciones negativas se centrara en listar las “fallas” de coherencia, o de cierta forma de coherencia, cuyo cumplimiento podría servir para caracterizar al género como una forma del realismo. Me permito un miquelbarceloísmo y remito, como ilustración, a la reseña de Howard Waldrop y Lawrence Person en Locus. Tales fallas confirman la existencia de unos protocolos propios de la ciencia ficción, ya sea que estén tácitamente definidos o no, y, de acuerdo con el razonamiento que se indigna por su ausencia, un texto satisfactorio (literario, cinematográfico o de otra clase) debe cumplirlos o al menos reconocerlos. De ese modo, si bien la película “funciona” como suspenso, fracasa como ciencia ficción.
Aunque estoy de acuerdo con esa crítica, considero que la mayor falla de Prometeo está en su incapacidad para sacar provecho de temas e ideas de la ciencia ficción que son importantes para hacer de una aventura en la superficie de otro planeta algo más que una persecución con cascos y lucecitas y algo que se mueve de una forma extraña; temas e ideas que aquí aparecen como lanzados al azar dentro de la narración, tal vez para generar la ilusión de que en efecto se cumplía con los protocolos. Una vez más es posible utilizar la película y establecer lo que puede ser o hacer la ciencia ficción. La búsqueda de los orígenes de la humanidad, el encuentro con otra forma de vida, el encuentro con otra forma de inteligencia (eufemismo entusiasta), la inteligencia artificial (honestamente, nada que no se hubiera hecho ya en 1968), la fe, la inmortalidad: todos están allí, pero aparte de la lista que así lo verifica no hay mucho que hacer con ellos. Y como si la falta de reflexión al respecto no bastara, las pocas explicaciones que se dan, si bien especulaciones de personajes desesperados (y resulta preferible verlas así a creer que en efecto son lo que está en el fondo de todo), resultan insulsas, sin mucha imaginación, humanas, demasiado humanas, y por tanto capaces de rebajar lo que tal vez habría sido más interesante como simple misterio. Luego de ver a los personajes evadir el tentáculo o ser alcanzados por él, poco o nada nos queda de la película, aparte del saborcito de la adrenalina por tribulaciones ajenas y fingidas, que por eso mismo se disipa más bien rápido.
En la tradición de la ciencia ficción religiosa (si podemos llamarla así) se distinguen dos vertientes: una en la que lo trascendental/sobrenatural se ve objetivado, es decir, figura de forma real en el relato y así se problematiza (por ejemplo, El señor de la luz, de Roger Zelazny, o El cálculo de Dios, de Robert J. Sawyer (que a la vez servirían para ilustrar dos versiones de esta categoría: o bien, por evolución o por tecnología, los humanos o algún otro ser alcanzan el carácter de divinidad, al menos en cuanto a su casi omnipotencia sobre la realidad, o bien la existencia del ser sobrenatural antecede a la de la humanidad o la del universo)), y otra en la que la discusión se centra en la religión como fenómeno humano y se analiza sociológica o antropológicamente, con independencia de la existencia empírica o no de la divinidad (Cuna de gato, de Kurt Vonnegut, o Duna, de Frank Herbert (aunque puede argumentarse que Duna está en la línea entre una categoría y la otra (resulta increíble que dos novelas tan distintas puedan encontrarse en la misma clasificación))).
En Prometeo, que tiene un pie en cada una pero ninguno con firmeza, las implicaciones del descubrimiento nunca parecen afectar a la protagonista, extrañamente el único personaje con alguna forma de fe, pues a pesar de que se entiende que la verdad sobre el origen de la humanidad es algo trascendental para ella, se encuentra tan conflictuada estando conflictuada (supervivencia, esterilidad, novio, obstinación, etc.) que no da cabida una reflexión medianamente racional y detenida, desligada del reflejo ante la persistencia destructora (por voraz, por viral) de lo que la rodea. ¿Qué pasa por la cabeza de una científica católica cuando descubre que la humanidad en efecto ha sido creada, pero no por Dios? ¿Cómo concilia esa comprobación con su creencia en la vida después de la muerte, que se presenta como uno de los pilares de su fe? En otras palabras: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?
“Esto es lo que elijo creer”, responde comodina la protagonista en algún momento, y esas palabras prácticamente sirven como justificación, digo, valoración de la película misma. Otros han preferido una aceptación panorámica y celebran la “expansión del universo de Alien”, aunque esa sea una maniobra que distrae la mirada hacia lo que está o va a estar por fuera de la película e implica el reconocimiento de que algo falta. Un optimismo relativo y sospechoso. Seguramente Scott, director poco afecto a las secuelas (o que hasta ahora lo era), no está interesado en dar continuidad a las ideas y responder a las preguntas que formuló con Prometeo, así que esa tarea va a quedar en otras manos; si más o menos capaces, ya veremos. De cualquier manera, la primera película de la saga de Alien “expandió” su universo como ninguna y lo que vino a continuación, si bien tuvo elementos interesantes, fue bastante desigual y en muchas ocasiones pobre. Para la muestra una precuela. Q.E.D.
Calificación: tres babitas asesinas.
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jueves, 7 de junio de 2012
Ray Bradbury (1920-2012)
El último sobreviviente del ABC de la ciencia ficción se ha ido. El mejor escritor del ABC de la ciencia ficción. Es como si de pronto hubiera colapsado un enorme pilar que sostenía al género y entonces nos diéramos cuenta de que abajo ya no hay nada, que todo está en el aire, flotando sin sustento, o que se está desplomando en silencio, muy despacio.
Hay algo en la figura de Bradbury, y ahora su ausencia, que no descifro. Nunca fue uno de mis favoritos —demasiado nostálgico, demasiado neófobo, demasiado dulce—, y aunque disfruté y recuerdo con mucho cariño Crónicas marcianas, no hay un texto suyo que pueda considerar fundamental en mi vida.Y sin embargo...
Es exageración, claro, y honestamente no se puede decir que con su muerte queda un gran vacío para la ciencia ficción, pues lo que tenía que hacer en el género y para el género lo hizo, y con grandes letras. Pero no puedo negar que en un momento como este es más fácil, muchísimo, creer que en efecto la ciencia ficción ha muerto, que es un regalo y un recuerdo de otra época, una máquina del tiempo que no nos pertenece y no entendemos en realidad, mucho menos ahora, sin uno de sus principales inventores.
Hay algo en la figura de Bradbury, y ahora su ausencia, que no descifro. Nunca fue uno de mis favoritos —demasiado nostálgico, demasiado neófobo, demasiado dulce—, y aunque disfruté y recuerdo con mucho cariño Crónicas marcianas, no hay un texto suyo que pueda considerar fundamental en mi vida.Y sin embargo...
Es exageración, claro, y honestamente no se puede decir que con su muerte queda un gran vacío para la ciencia ficción, pues lo que tenía que hacer en el género y para el género lo hizo, y con grandes letras. Pero no puedo negar que en un momento como este es más fácil, muchísimo, creer que en efecto la ciencia ficción ha muerto, que es un regalo y un recuerdo de otra época, una máquina del tiempo que no nos pertenece y no entendemos en realidad, mucho menos ahora, sin uno de sus principales inventores.
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miércoles, 4 de abril de 2012
Veinte años de ciencia ficción en tres portadas
Artista: Les Edwards
Bantam UK, 1989
Artista: Paul Youll
Earthlight, 2001
Artista: Stephan Martiniere
Pyr, 2009
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lunes, 13 de febrero de 2012
ORYX Y CRAKE (2003) Margaret Atwood
A mi me gusta que al leer ciencia ficción, la parte de la especulación científica sea bien solida. Hay una buena colección de historias que lo cumplen para la física, pero son muy pocas para la biología. Pero sobre todo, me gustan las novelas que están muy bien escritas. Oryx y Crake, de Margaret Atwood (biblio/bio), es una de esas novelas.
El mundo como lo conocemos ha desaparecido, únicamente sobrevive el hombre de la nieve, que es como una especie de guía de unos extraños humanoides, los hijos de crake. El hombre se ha quedado sin comida, así que parte a una ciudad abandonada, y recuerda como en su juventud el fue amigo de Crake (el creador de los hijos), como se enamoró [y obsesionó] de Oryx, y como vivía en una sociedad que colapso rápidamente.
La novela es brutal. Margaret consigue describir una sociedad fuertemente tecnológica y consumista, donde las grandes empresas farmacéuticas y de biotecnología mueven enormes cantidades de dinero, produciendo en forma industrial comida y órganos humanos. Es un mundo de abundancia, pero también lo es de pobreza, y quienes no consiguen vivir de alguna manera empleados por las grandes empresas, se hayan condenados a la miseria.
Es posible pensar que Margaret tiene la ventaja de contar una historia en nuestra propia sociedad, lo que le permite crear un cuadro tan realista del mundo. Pero ciertamente son pocos los escritores que alguna vez han conseguido mostrar nuestra sociedad de forma tan siniestra, y que a la vez sea tan realista, y que este tan cerca a nosotros, quizá demasiado, quizá es por eso que da tanto miedo.
Otro punto fuerte, es por supuesto, su escritura. No es difícil darse cuenta porque consiguió ganar el premio Príncipe de Asturias (el más importante de la lengua española). Margaret tiene un excelente estilo cargado de un humor negro muy sutil. La novela esta llena de detalles y presentaciones que son presentados de una forma realista, al parecer libres de juicios morales, pero todo es una muy bien concebida estrategia, de forma que el hilo moral se percibe, y que el realismo (o mejor, su supuesta neutralidad) suene como una especie de burla. Pero lo que me gusta, es que Margaret no se burla del lector, todo lo contrario, lo invita a que sea el quien da sentido a ese oscuro humor.
Quizá eso sea lo que da ese aire aterrador y perturbador a la novela, el que Margaret haga que sea uno el que le de ese aire a la novela.
Otra punto a favor de la novela, es su manejo de la tecnología y desarrollo de la biotecnología. En pocas historias de ciencia ficción hay un manejo de la biología tan bien planteado. Cierto Margaret no nos da detalles técnicos, pero el ambiente científico y los desarrollos mostrados son muy realistas, con experiencias y desarrollos claramente plausibles, y aunque otros sean ciertamente fantasiosos (específicamente los hijos de Crake), su presencia es justificada para el desarrollo de la historia, y en ningún momento se siente artificial.
Quizá, gracias a sus comentarios en donde muchas veces se refiere con desdén a la ciencia ficción, es que esta obra no fue muy apreciada dentro del fandom de la CF, y es una tristeza, porque la comunidad se puede estar perdiendo de una de las mejores piezas de la primera década del 2000, y para mi, entre las grandes del género.
Muy recomendada, una excelente novela.
El mundo como lo conocemos ha desaparecido, únicamente sobrevive el hombre de la nieve, que es como una especie de guía de unos extraños humanoides, los hijos de crake. El hombre se ha quedado sin comida, así que parte a una ciudad abandonada, y recuerda como en su juventud el fue amigo de Crake (el creador de los hijos), como se enamoró [y obsesionó] de Oryx, y como vivía en una sociedad que colapso rápidamente.
La novela es brutal. Margaret consigue describir una sociedad fuertemente tecnológica y consumista, donde las grandes empresas farmacéuticas y de biotecnología mueven enormes cantidades de dinero, produciendo en forma industrial comida y órganos humanos. Es un mundo de abundancia, pero también lo es de pobreza, y quienes no consiguen vivir de alguna manera empleados por las grandes empresas, se hayan condenados a la miseria.
Es posible pensar que Margaret tiene la ventaja de contar una historia en nuestra propia sociedad, lo que le permite crear un cuadro tan realista del mundo. Pero ciertamente son pocos los escritores que alguna vez han conseguido mostrar nuestra sociedad de forma tan siniestra, y que a la vez sea tan realista, y que este tan cerca a nosotros, quizá demasiado, quizá es por eso que da tanto miedo.
Otro punto fuerte, es por supuesto, su escritura. No es difícil darse cuenta porque consiguió ganar el premio Príncipe de Asturias (el más importante de la lengua española). Margaret tiene un excelente estilo cargado de un humor negro muy sutil. La novela esta llena de detalles y presentaciones que son presentados de una forma realista, al parecer libres de juicios morales, pero todo es una muy bien concebida estrategia, de forma que el hilo moral se percibe, y que el realismo (o mejor, su supuesta neutralidad) suene como una especie de burla. Pero lo que me gusta, es que Margaret no se burla del lector, todo lo contrario, lo invita a que sea el quien da sentido a ese oscuro humor.
Quizá eso sea lo que da ese aire aterrador y perturbador a la novela, el que Margaret haga que sea uno el que le de ese aire a la novela.
Otra punto a favor de la novela, es su manejo de la tecnología y desarrollo de la biotecnología. En pocas historias de ciencia ficción hay un manejo de la biología tan bien planteado. Cierto Margaret no nos da detalles técnicos, pero el ambiente científico y los desarrollos mostrados son muy realistas, con experiencias y desarrollos claramente plausibles, y aunque otros sean ciertamente fantasiosos (específicamente los hijos de Crake), su presencia es justificada para el desarrollo de la historia, y en ningún momento se siente artificial.
Quizá, gracias a sus comentarios en donde muchas veces se refiere con desdén a la ciencia ficción, es que esta obra no fue muy apreciada dentro del fandom de la CF, y es una tristeza, porque la comunidad se puede estar perdiendo de una de las mejores piezas de la primera década del 2000, y para mi, entre las grandes del género.
Muy recomendada, una excelente novela.
Este obra de Salvador Arias está bajo una licencia Creative Commons Atribución-CompartirDerivadasIgual 3.0 Unported.
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domingo, 29 de enero de 2012
ESPOSA HECHICERA (1943) Fritz Leiber
Celebrando de alguna manera un poco tardía los 101 años de Fritz Leiber (bio/biblio), es bueno visitar una de sus primeras novelas, y un clásico de la fantasía y horror urbano, Esposa hechicera, una gran novela, aunque presa inconfundible de su tiempo.
Norman un buen día descubre que su esposa Tansy es bruja. Norman, un profesor de antropología y mitología, no puede creer que su esposa se dedique a una práctica supersticiosa y le exige que deje esa costumbre, tras una discusión, Tansy acepta. Pero de una forma desagradable, Norman encuentra que esta en medio de una conspiración contra su matrimonio donde la magia es algo muy real.
La novela es muy buena, tiene un excelente ritmo de desarrollo y mucho suspenso mientras Norman descubre toda la magia y hechicería que hay alrededor de el. Especialmente, digamos que cuando termina como una “primera parte” de la novela, las escena de suspenso esta muy bien lograda. Para los lectores de Leiber la atmósfera es similar a la lograda en las escenas finales de “Nuestra señora de las tinieblas” y de “El soldado más veterano.”
Pero hay dos cosas que no logro conciliar. La primera, es un poco contradictoria para mi, me gusta que Norman tiene que combatir su forma de pensar académica, y que trata de traer una explicación racional a lo que le sucede, el teme volverse loco o supersticioso. Sin embargo, Leiber parece “apoyar” la idea de Norman, al mostrar que el mundo se ajusta al sistema lógico que Norman dedujo... me hubiera gustado más bien que la magia continuara con esa aura de misterio e incomprensión, o por lo menos, que si la explicación se daba, esta fuera un poco más convincente.
Lo otro por supuesto es más de cuando es la novela. Al leer novelas de época, uno acepta ciertas cosas como relativas a su época, pero al ser cada vez más cercana en el tiempo (la novela claramente ocurre en los 40-50s, pero podría igualmente ocurrir en el mundo actual), las diferencias se hacen chocantes. Y la diferencia chocante de esta novela es los roles bien marcados que tienen hombres y mujeres, con hombres trabajadores, mientras sus mujeres son amas de casa que además se dedican a la brujería para ayudar a sus esposos, en una forma de ganar poder no por si mismas sino manejarlo desde sus maridos, dando la razón a aquel dicho de “tras cada gran hombre, hay una gran mujer” y que las mujeres no se emancipan porque es más “conveniente” para ellas que sea su esposo quien gane ese poder.
Es una novela horriblemente sexista, pero creo que es por el ambiente en el que esta. Leiber es ciertamente liberal, como se nota en muchos pasajes de la historia, pero como muchos otros, es igual presa de los prejuicios.
Así que pues bueno, hay que hacer un esfuerzo y aceptar que es una novela de los 50s, que los tiempos eran muy diferentes, y pues creo que no es difícil, porque es una gran novela, es muy divertida, y de cierta forma, ignorando los detalles que mencione, es fácil pensar en que es muy actual!
Este obra de Salvador Arias está bajo una licencia Creative Commons Atribución-CompartirDerivadasIgual 3.0 Unported.
jueves, 14 de julio de 2011
En palabras de otros - Michael Moorcock
El Hombre y un par de amigos fueron los primeros en llegar.
—Supuse que podía considerarme invitado —dijo El Hombre mientras se quitaba el pesado impermeable. Llevaba una chaqueta de pana verde de cuello alto y calzones apretados. Parecía un gibón.
El aluvión había comenzado ya, y los invitados suspicaces estudiaban la atmósfera del sitio antes de aflojarse. Había lesbianas turcas y persas, de enormes ojos de hurí, como gatas tristes, castradas; sastres franceses; músicos alemanes; mártires judíos; un tragafuegos oriundo de Suffolk; un improvisado cuarteto de voces masculinas de la última base norteamericana en Inglaterra, el Columbia Club, de Lancaster Gate; dos obesas mojigatas; Hans Smith de Hamstead, el Último de los Intelectuales de Izquierda, la Mente Microfilm; Shades; catorce traficantes de la misma mercancía y todos de Portobello Road, las caras hundidas bajo el peso de las decepciones; un pulidor polaco a la francesa y sin empleo, traído por uno de los traficantes; un grupo pop llamado The Deep Fix; un grupo pop llamado Les Coques Sucres; un negro muy alto; un veterinario jorobado de nombre Marcus; la muchacha sueca y un adolescente suculento; tres periodistas que acababan de dispensar unos áureos apretones de mano; la Pequeña Señorita Dazzle, a quien uno de ellos había descubierto en El Vino buscando al señor Crookshank; un irlandés llamado Podles; el director literario del Oxford Mail y su hermana; veintisiete miembros de la Brigada Especial; un heterosexual; dos niños pequeños; el difunto gran Charlie Parker, recientemente llegado de México bajo el alias de Alan Bird (había estado curándose durante varios años); un psiquiatra hosco de Regent Park llamado Harper; muchísimos físicos, astrólogos, geógrafos, matemáticos, astrónomos, químicos, biólogos, músicos, monjes de monasterios disueltos, brujos, putas retiradas, estudiantes, griegos, procuradores; un albino autocompasivo; un arquitecto; casi todos los alumnos de la escuela integral local, que habían acudido al oir el alboroto; casi todos sus maestros; el jardinero de un mercado; menos de un neozelandés; doscientos húngaros que habían Elegido la Libertad y la oportunidad de ganar dinero fácil; un viajante de máquinas de coser; las madres de doce de los niños de la escuela integral; el padre de uno de los niños de la escuela integral, aunque él no lo sabía; un carnicero; otro Hombre; una Persona Desplazada; un pequeño pintor; y varios centenares de otros individuos no inmediatamente identificables.
miércoles, 22 de junio de 2011
Game of Thrones (serie de TV)
Palabra: si mi ritmo de lectura hoy fuera tan glotón e indiferente como el que tenía en los años de universidad, ya habría despachado los primeros cuatro libros de la saga A Song of Ice and Fire de George R. R. Martin y tendría algo que decir que estuviera menos afectado de prejuicios o, por lo menos, mejor argumentado. Pero como no, y como lo poco que leo lo dedico a los autores que más me gustan y de los que no he podido leer todo lo que quisiera, me queda al menos la opción de ver la primera temporada de la serie de HBO basada en la primera novela, A Game of Thrones.Al no haber leído el libro no puedo excitarme desvergonzadamente por las fidelidades de la serie o airarme hasta la diatriba por sus infidelidades. Sin embargo, si de lo que vi dependiera la lectura debo decir que, así fuera tan indiferente y glotón como hace años, me costaría trabajo mentalizarme para dedicar tiempo y distintas clases de energía a una saga que no sólo sigue inconclusa después de cerca de 5000 páginas sino en la que parece que no pasa mucho. Los primeros cinco capítulos de Game of Thrones funcionan como un epílogo a eventos mucho más interesantes que ocurrieron todos en el pasado, mientras que los últimos cinco son el prólogo a eventos mucho más interesantes que tal vez ocurran en el volumen siete de la saga (séptima temporada de la serie), Dios mediante y si el autor no descubre de pronto a la mitad de la escritura del sexto que necesita expandir un poquito más la historia para aclarar mejor algo que va a pasar, algún día, y que es terrible. Hay una insatisfacción comparable a la que produce la saga de La guerra de las galaxias: si esta es la historia más interesante que este mundo tiene para contar, entonces deben aburrirse montones: traiciones siempre ha habido, así como inviernos largos, amores, guerras… ¿por qué justamente este momento de una historia que se sugiere larga y compleja?
Pero algo que me molesta aún más es que, por alguna razón a la que sólo se me ocurre llamar ‘triste convención sin reflexión’, se da por supuesto que fantasía equivale a espadas(*) y caballos. Tan extraños nos resultan el mundo y la historia que con eso debemos tener suficiente para sentirnos transportados a un universo fantástico. Tan otra cosa es nuestro pasado y tan ajenas sus formas de vida y pensamiento que hoy estimulan nuestra imaginación hasta el éxtasis. Tengo entendido que más adelante (volúmenes ocho o doce, tal vez, o creo que los apéndices del mapa de una nota al pie) habrá dragones y más muertos vivientes (sí, hay muertos vivientes; o por lo menos congelados que caminan, algo así), pero por el momento el paisaje es más bien estéril. Ni siquiera se ve mucha imaginación en las gentes de ese mundo: ¿que los bárbaros hablan una lengua gutural en la que no existe la palabra gracias, son de piel oscura y en sus bodas tienen sexo frente a todo el mundo y arman trifulca por nada porque no es una buena boda si no hay por lo menos tres muertos? Con razón nunca van a salir de bárbaros. ¿Que los malos son malísimos e incestuosos o proxenetas (no podían ser buenos cocineros, tenían que ser incestuosos o proxenetas) y los buenos buenísimos y estúpidos? Sirva como confirmación de que la sinonimia entre bondad y estupidez es más común de lo que uno cree.
En este punto del blog, volver a la queja por la inversión de demasiadas páginas en contar una historia que seguramente no las necesita es peor que redundante. Sin embargo, en esta clase de casos particulares, es decir, las sagas de fantasía épica, se ve que la extensión y la partición de la historia en muchos volúmenes ya no es un asunto de necesidad, si alguna vez lo fue, sino de pura inercia convencional, descontando de la discusión, por obvia, la inercia comercial. El estándar tolkieniano ha sido y seguirá siendo la meta a vencer; pero que la mejor manera que se les ocurra prácticamente a todos los autores para intentarlo sea escribir sagas de más de tres volúmenes, mientras que las variaciones de sustancia son mínimas o ineficaces, es sólo la prueba superflua de una crisis imaginativa. Lo triste es que se trate de una crisis tal en medio del género que debería sentirse más orgulloso de poder eludirlas, de un género que lleva el nombre de un reino sin fronteras. De la fantasía no nos queda más que el nombre. Por fortuna sólo exagero para efectos dramáticos, y esa verdad, aunque a medias, es especialmente verdad para la fantasía épica, apenas una rama de todo el género.
Ahora, debo decir que deseo estar siendo injusto, que espero equivocarme. Tal vez la serie no le da la talla a las novelas, tal vez Martin sea un excelente prosista y un maestro del ritmo, tal vez las motivaciones de los personajes no se vean tan básicas al estar presentadas de una manera más convincente y con parlamentos menos efectistas. No quiero dejar de reconocer que sólo es una cuestión de gusto y, sobre todo en mi caso, de disfunción lectora, y que no pueden establecerse criterios para valorar la calidad de una obra partiendo de una interpretación profundamente afectada por esos aspectos (bueno, en cuanto al gusto puede darse una discusión de lo más interesante y necesaria). Si mi torpeza e ignorancia me han hecho calumniar a una de las mejores sagas de la literatura, sólo me queda pedir perdón y compasión. Castigo suficiente será no leerla.
* Este es un colmo ya presentado con cierta eficacia en 1986 por la película Highlander, donde casi se puede pensar que la inmortalidad de los protagonistas es sólo un pretexto para justificar duelos de espada a muerte en plena Nueva York de finales del siglo XX.
sábado, 11 de junio de 2011
THE TERROR (2007) - Dan Simmons
En 1845 una expedición inglesa compuesta por los barcos Terror y Erebus partió hacia el Ártico con la misión y la esperanza de encontrar un paso noroccidental para el Asia. Esa parte es historia. El verano, sin embargo, no fue lo suficientemente benévolo y los barcos quedaron atrapados por el hielo. Las tripulaciones comenzaron a morir de hambre, de frío o con la ayuda de los miembros menos escrupulosos, hasta que una criatura llegada desde lo más blanco del paisaje las distrajo de sus desgracias a mordiscos. Esta parte es ficción. Ahora, imaginen cómo sería Alien si la criatura no fuera el octavo pasajero sino, modestamente, el centésimo vigésimo quinto, y Ridley Scott estuviera dispuesto a contarnos con toda paciencia la historia de cómo todos ellos menos una son devorados. Pues bien, más o menos eso es lo que nos presenta Dan Simmons en The Terror, todo ello agravado por la bravuconada de querer demostrar que la palabra es mejor que la imagen, al punto de que no sólo mil de ellas sean necesarias para superarla sino que, por qué no, hagamos de una vez que sean dos mil.The Terror es básicamente una historia sobre estar detenido en el espacio con una percepción alterada del tiempo. Podría ser, con otro autor y en manos de otros intereses, un relato contemplativo, introspectivo y casi filosófico, pero no lo es. Esto lo único que quiere decir es que no es la novela que yo habría esperado o deseado (más lo segundo que lo primero, dado que ya conocía la obra de Simmons) y no tiene por lo tanto validez como crítica, pero las decisiones narrativas tomadas por Dan Simmons, aunque finalmente cumplen con su objetivo de contar una historia, no pueden verse como las más apropiadas.
Por una parte está la insistencia con que se detiene en datos que ya habían quedado expuestos. Repite una y otra vez que el contacto con el metal congelado puede despellejar al desprevenido, o que la comida enlatada está contaminada, o que la cosa que está afuera los acecha. En cierto momento, un camarero quiere sugerirle al capitán una solución para sus problemas, pero antes siente la necesidad de contextualizarlo por páginas, contándole los detalles de la anterior expedición en la que se presentó una situación similar. El capitán, mientras tanto, se remueve incómodo en su silla, pensando y diciendo que ya sabe todo eso, que, por favor, vaya al grano, y el camarero sigue como si nada con su exposición. Por fin, piensa el lector, un personaje en mi situación, ¿será que finalmente el autor entendió la sensación que produce su novela? Lo sorprendente es que esta escena ocurre justo en la mitad del libro. Aburrido, dejé de leer como por un año. Cuando lo retomé estaba preocupado de no reconocer a los personajes o no recordar cuál había sido la última situación en que los había visto. Pero Simmons, la mata de la consideración, parece haber pensado en ello, pues en cada capítulo vuelve a repetir quién es cada personaje y qué fue lo último que hizo, como si apareciera por primera vez. Cada detalle de información se insiste hasta la náusea, gracias a un narrador omnisciente que parece tener una excepción a su sabiduría y es la conciencia de estar narrando algo.
Por otra parte, y supongo que esto se debe a su interés en un público más bien definido, está la morosidad con que describe la muerte de los personajes, casi como si se tratara de hacer el ejercicio de imaginar distintas formas de deshacerse de 125 marinos y dar cuenta del mayor número de ellas. No quiero decir que haya algo malo en presentar la muerte en un relato; lo que quiero subrayar es la impresión dejada por el libro de que la relación de todas esas muertes se convierte más en una forma de llenar el tiempo de lectura (solidificado en páginas y páginas de papel con pequeñas manchas sucesivas de tinta) y amenizar la espera de lo que no va a pasar (porque finalmente de eso se trata, de que nada más que la muerte ocurre), que de alguna necesidad narrativa con alguna finalidad clara para alegría de la obra. Si se quiere hablar de la muerte da prácticamente lo mismo hablar de tres muertes que de ciento veinticinco.
Sin embargo, el estilo moroso de Simmons funciona a favor de las descripciones, las que, en la mayoría de casos, resolvemos por acumulación de datos. Por supuesto, una descripción extensa no es lo mismo que una descripción vívida o intensa (aunque ocasionalmente puedan coincidir), por más detallada que sea. En el caso menos afortunado, la densidad de detalle sólo llega a escenografía, pero como la novela de la que estamos hablando es una que depende en gran parte de su escenografía (tratándose de la historia de un naufragio y de la imposibilidad de actuar que conlleva, no queda mucho en esta clase de historia más que “mirar el paisaje”), la jugada favorece al relato.
Ahora bien, ¿fábula sobre la fragilidad del hombre ante el poder inmensurable de la naturaleza? ¿Sobre la fragilidad del hombre ante el mal, encarnado en otros hombres? ¿Sobre la fragilidad del hombre ante lo desconocido, lo sobrenatural? Mucho mejor: la novela de Simmons es todo eso. Y por si acaso quedan dudas, el autor se encarga de iluminarnos el camino hacia la interpretación en el capítulo final, dejándonos bien en claro que se trata de un libro con mensaje. Finalmente, el logro incuestionable de The Terror resulta paradójico. Dan Simmons ha escrito una prolongada parábola de la indiferencia. A cada lector le corresponde decidir si se trata de la indiferencia del universo ante el destino humano mientras agoniza o su propia indiferencia ante una historia que prácticamente ha quedado contada en las primeras páginas y que espera de nosotros, por alguna gracia, a que nos quedemos con ella hasta el final, aun sabiendo que no hace méritos.
sábado, 4 de junio de 2011
CORALINE (2002) - Neil Gaiman
[NOTA: última de las cuatro reseñas perdidas. Los lectores de este blog (si semejante criatura existe y no es cosa de ciencia ficción) recordarán un despotrique similar de hace un par de años.]La prueba de que la expectativa puede ser perjudicial. No se trata de una decepción en el sentido más fuerte de la palabra, porque de todos modos es un buen libro, con una bonita historia, sino de la decepción ante la novela tan grande y positivamente comentada, ganadora de casi todos los premios (cosa que no pasaba hace muchos años y que entonces representó buenos títulos) (seguramente voy a recordar luego alguna excepción tremenda, pero mientras eso pasa, salga y valga la generalización), de un autor admirado con ciertas reservas pero con un dominio respetable de lo fantástico.
Con tristeza, el estilo resultó más bien plano y la secuencia narrativa molestamente predecible. Casi se podían adivinar desde el principio del capítulo las palabras que los personajes usarían. Y entristece más aun pensar que una posible razón sea que el público esperado (y aspirado) así lo exige: es decir, el viejo y torpe prejuicio (de doble filo, además) de que los niños necesitan un lenguaje poco elaborado junto con una historia vieja como el mundo, apenas actualizada en detalles de escenario, en este caso unos papás que trabajan en computadores o una Coraline semiindependiente que calienta su porción de pizza congelada en el microondas.
En su contra también, y contribuyendo a tanta tristeza tan mentada, está su escala. Culpo de ello a quienes se pusieron en el ocio de halarle los cabellos a la mención de Narnia o el País de las Maravillas, pues el mundo al que llega Coraline, aunque tan vasto como su mundo original, es mínimo. Las dimensiones hacen parte del juego: Narnia cabe en un armario y el País de las Maravillas en una madriguera; coherentemente, la otra casa de Coraline cabe en un muro de ladrillos… Ya que se ha llegado al terreno de las comparaciones, recordemos, con la sonrisa que merece, El viaje de Chihiro.
Pero reconozco que en esa diferencia de escala podría (incluso debería) encontrarse el mérito de Coraline, o uno de ellos: no se requiere un macrouniverso para que el propio esté en juego. Por otra parte, y por la misma, los personajes son encantadores, uno de ellos hasta memorable («—Podríamos ser amigos, ¿verdad?— dijo Coraline./ —Podríamos ser alguna especie de cría exótica de elefante africano bailarín— dijo el gato. —Pero no lo somos…»), y la valentía de la protagonista es bastante creíble y felizmente exenta de proselitismo (es decir, no es del tipo “niños: es bueno y necesario ser valientes”). Queda suficiente misterio irresuelto al final como para conservar la sensación de extrañeza, y hay algunos momentos que rozan el miedo: un teatro abandonado y a medio deshacer o una persecución en un sótano.
Hay que decir, también, que algunas de sus imágenes más efectivas y hermosas no están precisamente relacionadas con el argumento central; por ejemplo, el teatro lleno de perros o el coro de ratas tienen un poder momentáneo y feliz, pero insuficiente. Sin embargo, esto último es algo más bien común en Gaiman, quien tiene la capacidad de iluminar con una sola frase toda una página que de otra manera sería (muy) corriente. Me queda la sospecha de si su mérito como autor se encuentra sobre todo en fragmentos casuales, más para subrayar, con sorpresa las primeras veces, con cansado déjà vu las siguientes, como los que salpican casi toda la serie de Sandman.
Y una gran duda: ¿cuál es el límite para el pretexto de las historias y los temas universales, sobre todo en lo que a predictibilidad respecta? ¿Y en cuanto a su necesidad? El miedo, así como el valor que lo enfrenta, seguirán presentes, pero ¿debe el orden de los factores no afectar el producto indefinidamente? Sobre todo vaya la pregunta para el caso específico de los libros infantiles. Tal vez si se demuestra o comenzamos a creer todos al tiempo en la reencarnación, dejaremos de sobredimensionar la inexperiencia de los niños y de sus ojos sorprendidos de cualquier cosa.
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sábado, 28 de mayo de 2011
DAREDEVIL: VOLVER A NACER (1986) - Frank Miller (guión) y David Mazzucchelli (arte)
MATT MURDOCK/DAREDEVIL: Sufro mucho, sufro mucho.KINGPIN: Soy malo y calculador. Muy malo y muy calculador.
LOS PERSONAJES FEMENINOS: Ayúdame Obi Wan Kenobi… perdón, ayúdame Matt Murdock/Daredevil o el hombre que esté más cerca. No tengo carácter. No me preguntes, sólo soy una víctima.
FRANK MILLER: (voz en off) La realidad es maldad y sufrimiento. Yo he visto su verdadero rostro, conozco su voz, conozco el sonido de sus pasos y el olor de su aliento cuando viene por mí. El realismo es un arma con la que golpear al lector. Al lector le gusta. Yo sé qué es lo que el lector quiere. Yo sé que la mejor manera de convencer es repetir. La narración sabe mi nombre y yo he visto su verdadero rostro, conozco su voz, conozco el sonido de sus pasos y el olor de su aliento cuando viene por mí y me dice, me ruega, que incluya monólogos internos. ¿Ahora cómo resuelvo el lío que armé? Ah, verdad que es una historia de superhéroes: hay que meter explosiones.
KINGPIN: Soy malo y calculador. Muy malo y muy calculador. También soy chambón, pero básicamente malo y calculador.
DAREDEVIL/MATT MURDOCK: Sufro mucho, sufro mucho… Oh, huelo una epifanía.
YO: Un par de ideas que podrían ser interesantes (no quiero decir “buenas” ni “novedosas”: un villano que conoce la identidad secreta del héroe y se decide a destruirlo poco a poco y un héroe que se ve lanzado hasta el fondo y debe recuperarse) resultan saboteadas por un guión terrible. ¿Realismo? Los personajes son insoportables, tan convincentes como los de cualquier culebrón. Si tomaran media decisión inteligente (y el guionista la presentara de una manera menos tediosa) podría haber algo para rescatar. ¿Clásico? ¿Así de mal estaban los cómics de superhéroes en los ochenta?
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viernes, 20 de mayo de 2011
viernes, 29 de abril de 2011
Joanna Russ (1937-2011)
Me acabo de enterar de la muerte de Joanna Russ (biblio/bio), una de las escritoras clave de la ciencia ficción feminista.
He leí muy poco de Joanna, solo su singular y espectacular novela “El hombre hembra” y algunos cuentos aquí y allá. Sus escritos reflejan muchas de las mejores criticas a la discriminación sexual, y aunque uno no necesariamente tiene que estar de acuerdo con muchas de ellas (yo estoy de acuerdo con la gran mayoría!), estas tienen un enorme poder de reflexión y siempre apuntan al lugar correcto.
Si bien hacía mucho tiempo que había abandonado su actividad como escritora de CF (creo que se dedicaba más a la política y crítica desde los 80s), su influencia en el género, en particular en las personas como yo, con un gran interés en el valor literario de la CF, y que además no se trate a la CF como un género escapista.
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jueves, 10 de marzo de 2011
Y MAÑANA SERÁN CLONES (1977) - John Varley
[Nota: tercera de las cuatro reseñas perdidas.]Difícil elegir (no más como lector) entre dos títulos horrendos para esta novela. El original, La línea de emergencia [o La línea directa] de Ofiuco (The Ophiuchi Hotline), podría fácilmente ser Las apisonadoras de Arcturus (contra los marcianos tríclopes), y el definitivo en español, con un criterio al traducir que mezcla la titulación del cine (Vengador del futuro, Fugitivo del futuro, etc., haciendo que, dentro de la misma lógica, esta novela parezca Clones del futuro) y una sospechosa alusión a “Todos vosotros zombis” (otro título mal traducido, dígase de una vez), resulta tan impertinente como vago.
Sin embargo, Y mañana serán clones es un buen libro y es fácil entender su inclusión en la selección que hace David Pringle de las cien mejores novelas de ciencia ficción, a pesar de que haya obviado detalles que resultan mucho más interesantes que los que eligió para reseñarla. Aquí volvemos a los Ocho Mundos de los cuentos de La persistencia de la visión, casi doscientos años más tarde (aunque el tiempo, dados los estándares de vida en ese mundo, no se note) y nos enteramos, obviamente, de muchas más cosas que ocurren en el trasfondo de la serie. Cuáles son exactamente los Ocho Mundos sigue siendo un misterio para mí. La humanidad ha sido expulsada de la Tierra por los “Invasores” y, como no ha desarrollado aún la forma de dejar el sistema solar, se ha esparcido por cada uno de los planetas que no le han prohibido (además de la Tierra, no puede acercarse a Júpiter, que es donde ahora viven los Invasores). Los cuentos de la serie en La persistencia se desarrollan en mundos diferentes: “Verano retrógrado” en Mercurio, “En el cuenco” en Venus, “Perdido en el banco de memoria” y “El fantasma de Kansas” en Luna, “Cantad, bailad” en los anillos de Saturno y una de sus lunas y “El paso del agujero negro” en el borde del sistema, más allá de Plutón, aunque hoy seguramente se diría que en el cinturón de Kuiper. (Eso nos resuelve por lo menos cuatro de los mundos.) En la novela, en cambio, se recorre gran parte del sistema solar en busca de respuestas. Y mañana serán clones es una ópera espacial mientras que los cuentos son romances planetarios.
De todos modos la lectura complementaria de cuentos y novela es muy disfrutable y recomendada, a pesar de su diferencia en el tono (podríamos pensar que obligada por la extensión de cada género, pero no necesariamente): la novela es más grandilocuente, en estilo y en historia, y diríamos definitiva dentro de los acontecimientos de los Ocho Mundos. Despista, eso sí, que empieza y rebasa la mitad como una novela de personaje y súbitamente da un giro y se convierte en una carrera por salvar a la especie humana. Queda un saborcito a deus ex máchina que puede ser un poco amargo.
Al principio de la novela vemos una sucesión más bien vertiginosa de clones con sus reflexiones. Esto le permite a Varley narrar la historia desde el punto de vista de un solo personaje que no es siempre el mismo; buena parte de lo interesante está en la conciencia que tiene cada clon de ser igual a la persona clonada pero no totalmente, de ahí que prefieran considerarse parientes antes que iguales. De ese modo, una misma protagonista (pero distinta) siente a la vez amor y antipatía por otro personaje, se enfrenta a distintas circunstancias al tiempo en dos espacios diferentes, o reacciona de forma diferente ante circunstancias más bien parecidas. Incluso siente distintos grados de responsabilidad con los clones que la antecedieron: puede pensar que sus actos deben justificar sus muertes (¿o era al revés?) o puede sentirse totalmente indiferente hacia ellas.
En los Ocho Mundos, la clonación y las otras técnicas de alteración del cuerpo empiezan como ejercicios de pantropía que, a medida que avanzan las historias, cambian el panorama cultural radicalmente. Los cambios que sufre el cuerpo humano son el resultado de la necesidad de adaptarse para sobrevivir al espacio y a las superficies planetarias extrañas. Sin embargo, la manipulación genética está prohibida y es un crimen que se paga con la muerte. Así comienza, justamente, la historia de Lilo, la protagonista de Clones.
Se tiene la sensación de que este es uno de esos libros donde ocurren más cosas que las evidentes y todo es más extraño de lo que se pueda imaginar. De pronto sabemos que en Luna casi todos van desnudos; de pronto, también, que la esterilidad es un atractivo sexual, o que está de moda tener más de dos brazos, o que el personaje de al lado mide menos de un metro. La maleabilidad de los cuerpos (Pringle dixit) ha generado un universo extraño donde el asesinato no es un crimen sino un delito, y uno poco rentable.
Justamente, como decía a propósito de los cuentos, fascinan más los detalles “secundarios” que la misma historia de Lilo y sus seis clones (si no conté mal). Siempre se quisiera saber más de cada uno de los mundos, de los anillanos, de los cazadores de agujeros, de los bebés de azúcar, de trasplantes y operaciones, de cuánto más se puede alterar el cuerpo humano; la complejidad del cuadro es asombrosa e intrincadísima, y Varley domina su información de manera tal que no se resiente ningún discurso como excesivo o innecesario. Es una de las historias del futuro más interesantes con las cuales sea posible toparse, llena de ideas. Sigo sin entender la falta de atención y honor.
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martes, 22 de febrero de 2011
En palabras de otros - James Tiptree, Jr. (2)
...Flota, visiblemente saturado, azul y verde en medio de la negrura. Él lo mira con atención: aumenta de tamaño mientras late con un ritmo aterrador y apagado, y expulsa lentamente una masa fantasmal de gran tamaño que se extiende, se solidifica... es un planeta testículo que empuja un pene monstruoso en dirección a las estrellas. El pulso de su sangre resuena a través de las sollozantes inmensidades; frío, frío. El falo tiene parsecs de longitud y vibra, busca a ciegas llevado por una presión intolerable en su interior; su punta es un enorme glande nebuloso iluminado por un destello: la Centauro. Crece, se extiende penosamente, en busca de alivio... las estrellas tañen en un crescendo insoportable...
—James Tiptree, Jr., "A Momentary Taste of Being"
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sábado, 19 de febrero de 2011
CATHERINE ASARO (2001) Rosa cuántica
Como mucha gente, confieso que muchas veces el título de alguna novela me impacta mucho y me pone a buscar el libro para leerlo. Eso me paso con Rosa cuántica de Catherine Asaro (bio/biblio), cuyo titulo vi en una lista de los premios Nebula, y de inmediato me llamo la atención (además, si mal no recuerdo, en ese momento, 2001 o 2002 era el último Nebula xD).
Kamoj vive en algún alejado planeta de tradición que parece medieval, aunque por sus nombres y tradiciones, en alguna parte de su historia debieron haber sido ingenieros. Ella es gobernadora de una pequeña provincia y su prometido, Ponteferro, es el gobernador de una poderosa provincia vecina. Pero la relación se distorsiona ante la llegada de un misterioso extranjero, Leostelar, que la toma por esposa, y ello desencadena un alud de acontecimientos que involucra a el viejo imperio galáctico de Eskolia.
La novela no es mala, pero se me hizo un poco vacía, como sin mucho que contar. La situación política que rodea tanto a Kamoj como a Leostelar es bastante retorcida, y a veces, se me hace muy confusa. Así como la unión de la historia del pequeño planeta, el gran imperio, y el problema domestico, es un poco forzada, simplemente, no conectan entre sí. Lo que hace que la historia se como un barco a la deriva que va de aquí para allá y que uno siempre sienta como si estuviera leyendo varios libros distintos.
No se, me imagino esa descripción le gustaría a Asaro, que me sorprendió con un anexo donde explica la novela como un sistema de partículas cuánticas (!!). Para mi, el principal problema de esas novelas “analogía/metáfora” es que la vida real, poco se parece a esas maquinaciones, y el tratar de encasillarla, pues se ve una historia muy deforme, muy antinatural...
Nota lateral: un ejercicio similar, mucho mejor logrado, dado que hay muchas más posibilidades es Las casillas de la ciudad de John Brunner, basada en una partida de ajedrez. Eso si, cuando la métafora sale a la luz, los detalles y circunstancias parecen no cuadrar.
No puedo decir que me desilusione, más bien, que me pareció que es una novela como muy simple y plana como para ganar un Nebula en estos días.
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miércoles, 16 de febrero de 2011
IAIN M. BANKS (1987) Pensad en Flebas
Según algunas personas Pensad en Flebas de Iain M. Banks (bio/biblio) inicio lo que ahora es conocido como “la nueva opera espacial”, que, en palabras de otros (Paul McAuley) el equivalente británico del cyberpunk de US en los 80s. No estoy muy seguro acerca de cualquiera de las dos afirmaciones, pero no importa, porque ciertas o no Pensad en Flebas es una muy buena novela.
Horza un cambiante (un humano que puede cambiar de aspecto físico) es contratado por la raza de los iridianos, unos extraterrestres guerreros y religiosos que se hayan en guerra con la Cultura, una sociedad de humana muy desarrollada, basada en la existencia de poderosas inteligencias artificiales, las mentes. La misión de Horza de hecho es ir por una mente que ha quedado abandonada en un planeta de los muertos. Mientras prepara la misión, la nave de Horza es destruida por la cultura, y Horza debe ingeniárselas para llevar a cabo la misión.
La novela es muy buena, en especial tiene muchas aventuras y detalles técnicos. Ciertamente, Iain exagera un poco con la parte de aventuras, muchas de ellas no le dan ningún aporte a la historia, y su desarrollo es inverosímil, pero en realidad eso no es algo de Iain, y se puede decir, que es parte de lo que constituye, o al menos es aceptable dentro de una opera espacial.
Para ser una novela prácticamente de aventuras, esta muy bien escrita, y el desarrollo de la mayor parte de los personajes es muy bueno, además que Iain logra dar un gran desarrollo a muchos conflictos. Por otro lado, también esta el background del mundo, la guerra es algo más bien lateral a la acción, así como los bandos de la misma, pero se consigue crear ese ambiente y dándonos detalles aquí y allá es posible armar buena parte del universo subyacente.
Es por eso que el apéndice final del libro, con los detalles de la guerra, y lo que le pasa después a los personajes, pues se me hace un agregado completamente inoficioso, y pues totalmente carente de alguna gracia, afortunadamente es tan chimbo que uno rápidamente se olvida de su presencia en la novela, y lo que diga ahí pues ni va, ni viene.
Por cierto! A pesar de que la mayoría de las aventuras, se consiguen salvar de una manera extremadamente poco creíble, y pareciera que los personajes siempre buscaran la solución que generara más problemas, el resultado es muchas veces el esperable si dichas aventuras en realidad resultaran!
Ahora bien, aprovechemos para hablar un poco de la “nueva opera espacial” y las palabras de McAuley, pues digamos estoy de acuerdo en el sentido en que esta “nueva opera espacial” es más post-moderna, ya no son sociedades homogeneas en la galaxia, sino estructuras más anarquicas. Así mismo, hay también pues una ayuda de tener “el futuro” más a la mano. Sin embargo, creo, luego de leer algunos de los autores de esa “nueva” opera espacial, y compararla con la opera espacial de US en esa misma época (Cherryh, Simmons, Sterling, Varley... como me hizo dar cuenta Felipe, en los 80s todos los ganadores de los Hugo en novela, menos uno, son operas espaciales), ambas son muy similares, y además, también muy similares a la “vieja” opera espacial.
Si tengo que decir si hay una diferencia entre la opera espacial británica y la opera espacial estadounidense (sean viejas o nuevas), o quizá más bien, entre la CF británica y la de US, es que una se ancla en los trabajos de tipos como Clarke, Aldiss o Ballard, mientras la otra es descendiente de Asimov y Heinlein.
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martes, 15 de febrero de 2011
LA PERSISTENCIA DE LA VISIÓN (1978) - John Varley
[NOTA: esta es la segunda de las cuatro reseñas perdidas.]La gana de space opera sofisticado (inercia de venir de leer a Zelazny) y las dos afirmaciones de Delany que rondaban la memoria (que todo lo que hay por saber sobre implantes hay que leerlo en el Waldo de Heinlein y en Varley, y que para entender el cyberpunk es indispensable leer a Varley, a pesar de ser su completo opuesto) me trajeron hasta aquí. Observación general: la edición de Orbis excluye tres cuentos del original en inglés (“Verano retrógrado”, “Incursión aérea” y “El paso del agujero negro”), ve tú a saber las razones.
La primera afirmación de Delany se detiene en suspensivos, por lo menos mientras llega la lectura del Waldo, o de momento sólo digamos que no es tan omnipresente como se esperaba. De todos modos, sólo es una colección, y además incompleta. Sobre la segunda, tal vez quedan más dudas que conclusiones, demostración de que mi definición de cyberpunk y la de Delany difieren.
En realidad, terminé viendo más parecidos que diferencias en ese aspecto y al final fue inevitable relacionar los relatos de Varley sobre los Ocho Mundos con el ciclo Shaper/Mechanist de Sterling, haciendo la aclaración de que la obra de éste es la versión especializada en política y economía del universo de Varley. Por ejemplo, la escena en “El fantasma de Kansas” donde la protagonista explica los recovecos legales de la sucesión entre clones tiene su eco sofisticado en el cuento “Twenty Evocations” de Sterling. Por otro lado, el bajo mundo (sobre todo en “En el cuenco”, con sus ciudades venusinas) se prolongará en las obras de Gibson como un espacio de irrealidades y quebrantamiento de los límites. Cae vencido Varley con respecto a su prosa, poco ambiciosa (¿acaso será la traducción?), y esa es una brecha gigantesca en relación con el cyberpunk; pero el sense of wonder y la complejidad de mundo son deliciosos.
Uno de los mayores placeres de leer los cuatro cuentos de los Ocho Mundos incluidos en esta edición era intentar reconstruir el fondo de todo el tramado, armar una panorámica a partir de detalles secundarios en cada relato. También el encuentro de una de las concepciones de corporeidad más extrañas que haya leído, antecesora de muchas otras posthumanidades (aunque creo que todavía ninguna a ese nivel) y emparentada con la que se encuentra en “El día un millón” de Frederik Pohl: según ella el cuerpo es un punto de confluencia de formas y es múltiple, porque puede alterarse, cambiarse, rejuvenecer o resucitar, clonarse, perder los ojos, los tímpanos y las piernas y remplazarlos con facilidad. Tal vez era a esto a lo que se refería Delany.
En “En el cuenco” la descripción de la atmósfera venusina y las adaptaciones humanas a ella, además de las ciudades disfrazadas con holos, salpicadas aquí y allá por el planeta, y la relación del protagonista con Ascua, la niña, son más interesantes que el argumento aparente, lo cual no es necesariamente una mala cosa. Al final no importa mucho si las piedras que el protagonista busca están vivas o no. Hay un eco de “Collector’s Fever” de Zelazny.
Con “Cantad, bailad”, casi se puede decir que ídem. Es inevitable querer saber más de los simbiontes y la vida en los Anillos (de Saturno), y de la máquina de hacer música de Timbales que del desabrido Jano y sus agentes.
“Perdido en el banco de memoria” y “El fantasma de Kansas”, los dos ambientados en Luna, integran mucho mejor la acción y el espacio. Del primero, aunque haya mucho para celebrar, subrayo el recurso de la visita estudiantil para exponer la información sobre la operación a la que será sometido el protagonista. Del segundo, la relación climática (en más de un sentido) entre la protagonista y uno de sus parientes clones es simplemente antológica.
Los otros dos cuentos (es decir, los que no pertenecen a los Ocho Mundos) tienen también mucho a favor. Como en el caso de Una rosa para el Eclesiastés de Zelazny, el cuento premiado, “La persistencia de la visión” fue el que menos me gustó, y aun así es una muy buena pieza, con algo de Le Guin en su paisaje y en su utopía aparente. Pero tal vez lo más interesante es que se trata de una utopía distópica, en el sentido de que es una isla pequeña e imposible en medio de un mundo que se viene abajo; el contraste es violentísimo y la ocultación de los detalles que componen el mundo exterior (en oposición a la proliferación de detalles sobre Keller, la comunidad de sordomudociegos) está muy bien manejada. Además, como la mejor CF, tiene muchas cosas interesantes que decir sobre el lenguaje y lo que hacemos con él creyendo que lo dominamos. Creo que lo que no lo favorece es estar, al igual que Keller, rodeado por un mundo hostil, aunque no directamente agresivo; en este caso, los otros cinco cuentos.
“En el salón de los reyes marcianos” es un cuento con dos elementos: una colonización forzosa de Marte y una investigación xenológica. Respecto a lo primero, hay que decir que se presiente ya el manejo de personalidades memorables en espacios cerrados que Kim Stanley Robinson llevará al tope con su serie: las relaciones entre sexos, entre especialidades, por el liderazgo, con el paisaje, todo está allí en estado germinal. Extraña mucho que Varley no figure más en las listas de grandes influencias de los escritores de la década siguiente, fueran cyberpunks o humanistas.
P.D. Los cuentos restantes pueden encontrarse, junto con el prólogo perdido de Algis Budrys, en el libro En el salón de los reyes marcianos de la colección Súper Ficción de Martínez Roca. No sobra recordar que las ediciones de Orbis eran reimpresiones de títulos anteriormente publicados por otras editoriales y La persistencia era, originalmente, parte de la misma colección Súper Ficción. Lo que no sabría decir es si la edición de Orbis corresponde exactamente con la de Martínez Roca; de ser así, hay una repetición de cuentos entre La persistencia y En el salón que no tendría justificación, sobre todo si se tiene en cuenta que los tres cuentos que faltan en la primera son tal vez los más cortos y podrían haber estado, junto con los demás, en un mismo volumen. La omisión hace que el lector se pierda una pequeña joya como “Verano retrógrado” que, en pocas palabras, es el punto donde se encuentran la space opera y las soap operas, es decir, los novelones.
viernes, 11 de febrero de 2011
C. J. CHERRYH (1988) Cyteen
Desde hacía un buen tiempo tenía a Cyteen de C.J. Cherryh (bio/biblio) en mi lista de leer pronto. No solo porque en su año, la novela se llevo varios premios, sino que además, siempre aparece en las listas de las Space Opera, o en las de los más importante de los 80s, y nunca había leído nada de C.J.
Una reconocida científica y política de Cyteen, una colonia independiente de Tierra, Ari Emori muere, lo que produce una profunda perturbación política. Sus aliados arrancan en secreto un plan para realizar un clon de ella, aun cuando la tecnología de la clonación no parece ser muy exitosa. Para mantener a distancia a Robert Jordan, un rival político de Ari, su “hijo” es tomado prácticamente como rehén... En realidad, la historía es muy compleja, y hay muchas más cosas de las que se pueden decir aquí.
La novela, es un popurrí de toda clase de ideas de la CF. Clones, aliens, bases espaciales, genética y física muy avanzada, modelos sociales, y todas las cosas que puedan caer en el intermedio. Además de una historía política muy compleja, y llena de detalles aquí y allá. Aún, así, creo, Carolyn (C.J.) logra crear una buena historia, muy entretenida y emotiva, sin que uno sienta que es artificiosa. Y pues el universo creado es bien coherente y con muchisimas lineas para desarrollar.
Aún así, la novela es demasiado larga. Especialmente hacia el final de la historia, cuando el clon de Ari se dedica a leer las memorias de la Ari original, son re-tediosas, y me parece que en muchos aspectos innecesarios, pues los puntos realmente importantes se habían desarrollado en la misma historia, porque tratar una formula nueva? El diario es una mala salida, y pues consume un montón de páginas.
Más allá de las muchas cosas que se sueltan en la historia (como los “azi”) y alguna que otra cosa incoherente (a veces pareciera que los azi son un producto de como se desarrollarón , y otras veces, que la diferencia es genética...), la tensión política que gira alrededor de la historia, es atrapante, y las relaciones entre los personajes y sus reacciones sociales y psicológicas son muy buenas. La interacción social queda plasmada de una forma brutal, donde los pequeños detalles, los gestos son los que llevan la dirección de los encuentros, más que las cosas que pasan o se dicen (que pues como en toda reunión, se trata de ser lo menos explicito posible).
Me gusto bastante, y es otro gran punto en la CF de los 80s :). De los nominados al Hugo del 89, la otra que leí fue Monalisa acelerada de William Gibson, y aunque soy muy fan de William, hubiera votado por la novela de Carolyn. Eso sí, nunca he leído Islas de la red de Bruce Sterling, que es una de esas novelas que me encantaría leer, pero que nunca he podido conseguir.
Creo que solo El sol nuevo de Gene Wolfe e Hyperion/Caída de Hyperion de Dan Simmons le ganan (de las que yo he leído) en cuanto a la complejidad de la historia y desarrollo. Según, me entere hace poco, casi 20 años después de la novela original, ahora se va a publicar la secuela directa de la novela. A mi esas secuelas tan tardías me producen algo de desconfianza, más sobretodo si uno siente que el cierre de la novela es más que adecuado. Como sea, Cyteen por si sola es una excelente novela.
Update
La secuela salió en el 2009 (!!!) y se llama Regenesis.
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